Cuervos , de Miguel Ángel Zapata, Ediciones Universidad de Puebla, México, 2003
De vuelta.
El viaje de vuelta fue, literalmente, pesado.
Volvía de un festival de poesía donde los participantes gustaban llamarse todo el tiempo unos a otros Hermano y Poeta.
Volvía con la sensación de que la autopublicación es un vicio bastante extendido.
Volvía con un bolso rojo gigantesco y repleto hasta el tope de libros, libritos, plaquettes y revistas que ya sabía no me iban a dar ganas de ojear una vez en casa , pero igual ahí estaban.
De ese montón sólo leí de principio a fin Cuervos, de Miguel Ángel Zapata, elegido por puro azar o porque su autor no había sido de los más escuchados y tenía algo de reservado y de fuera de lugar, algo de escribir para un mundo y sobre un mundo bien, bien alejado de los festivales de poesía.
Tal vez la poesía se trate apenas de latidos.
¿Qué distingue a un poeta de alguien que gusta escribir versos y publicarlos?
Poder construir un mundo tan intenso que pueda sentirse su diástole y su sístole.
A las cosas del mundo cotidiano las conocemos como sujetos a objetos, a las cosas del mundo de Cuervos las conocemos porque laten con nosotros.
Como en la experiencia extática, no es con el entendimiento que se accede a este otro lado del mundo que no vemos casi nunca y no porque no exista.
El mundo de Zapata late y late, late con el escritor que lo describe, late con el que lo lee.
"Escribo al lado del árbol y no puedo destejer las redes de la piedra con amor.
En cambio, encuentro otro laberinto en este aire, su caos azaroso me lleva a escribir el primer disparo en la oscuridad".
Así el mundo que escribe Zapata:
toda intensidad que nuestra pobre experiencia casi nunca alcanza.
El zoo de cristal.
El mundo de un perro que saca la lengua a los pájaros muertos y gorriones que deberían volar por otros patios,
un mundo de bosques de pinos en la borrasca, de cielos que ladran,
de la memoria de una habitación oscura que todos conocimos.
Árboles gigantes y ángeles de la guarda extraviados, todo el desierto en los ojos de una iguana, geranios que nos miran cuando los miramos,
la felicidad como una manzana verde, todo lo cotidiano como símbolo, los surrealistas tenían razón y la vida está sin duda en otra parte.
Y la escritura como una ventana para no estar solo en el mundo del otro lado, porque "uno se cansa de estar solo delirando en una isla, abriendo la ventana de los árboles, rebuscando entre las hojas una palabra, una rosa en el jardín sin mar".
Y por eso escribe.
Poeta en festival de poesía.
Zapata no parecía tener que andar repartiendo su libro a diestra y siniestra ni sacarse fotos con los organizadores. Tampoco lo ví hacer rabietas por no estar programado para leer en todas las lecturas, ni escribir manifiestos, ni dar entrevistas. No pronunció discursos ni gritó viva-la-poesía-muera la ignorancia o abajo-el- capitalismo- yanki ni ninguna de esas frases con que otros gustaban corolar sus intervenciones poéticas. No parecía tener ni siquiera musas, sino apenas un cuervo, alguien venido de lo oscuro o lo indecible que cuando lo mira es "un aire emplumado, flauta de tinta que gotea mi envoltura".
Encontrar frases como esa a la sombra de un festival de poesía, encontrar un mundo que nos respira cuando lo respiramos entre tantas lecturas que se resbalan de uno, es lo que vale la pena de asistir a esos eventos. Uno tal vez descubre un poeta entre la multitud, alguien que le agrega mundo al mundo, un poema que se estrella contra nuestra manera de ver las cosas. Y por fin algo ocurre.
Monday, June 13, 2005
la idea fija
Pornosonetos / Ramón Paz
a rolo la mujer lo sorprendió
pajeándose con gafas de 3D
sentadito mirando la tv
y a las tres menos cuarto lo dejó
yo no quiero vivir con un pajero
le dijo y se rajó y ahí quedó rolo
medio triste o alegre medio solo
continuando su asunto con esmero
por fin la casa toda para mí
sin el feminodonte dando vueltas
por fin mirar las guáchidas esbeltas
posando en el canal fashion tiví
mi amigo todo el día haciendo nada
pidiéndose una pizza una empanada
*****************************
¿y cómo puede ser que seas así
que el cuerpo todo vaya para allá
y venga después todo para acá
la curva y contracurva para mí
en qué pensaba dios cuando te hizo
qué se tomó ese día qué buscaba
zigzagueante mareado qué dudaba
qué fiesta recordó qué es lo que quiso
probar en lo sinuoso de tu orilla
qué conjunción de esferas más hermosa
qué música ondulante victoriosa
qué milagro guardaba en mi costilla
pensaba en algún río delirante
qué quiso celebrar en ese instante?
*****************************
me zumba la poronga fluorescente
como espada de jedi con estática
me hierve la capacidad espermática
las bolas repletísimas de gente
capto ondas de radio con la punta
frecuencia enamorada estereofónica
gemidos de la multitud ciclónica
la antena se me sube se me apunta
me rotan los planetas del escroto
se me agrava el calambre desolado
y escucho con el tótem envarado
el amor atmosférico remoto
la humanidad me vibra me alborota
en la punta encendida de la chota
*****************************
esos culos que siempre dicen no
que van diciendo no de lado a lado
hay que verlos negando sin cuidado
van diciendo que no que no que no
cada muslo que avanza dice no
seguime pero no todo parado
la chica dice mírenme qué estado
y pasa y su culito dice no
ese culo altanero vanidoso
que va diciendo no con frenesí
se burla de la hormona dice no
y pasa respingado tan hermoso
los hombres atrapados dicen sí
pero el culito pasa y dice no
*****************************
el negro se asomó por la ventana
y te gritó mi amor te chupo el ketchup
hoy compartís con él un mismo techo
y padecés su aliento a la mañana
tan espantada estabas ese día
que nunca hubiera dicho el desenlace
es raro que tu amor se despertase
por ese candidato a policía
esa barriga llena pura panza de comerse las eses diariamenteme sugiere la imagen en mi mente
que arriba tuyo oscila esa balanza
yo te amé a campo abierto sobre un poncho
pero vos preferistes a ese groncho
*****************************
te me codificás en pleno abrazo
te me volvés hipérbaton verdosa
tan nítida que estabas tan hermosa
de golpe sos bandera fogonazo
camuflada en colores serpenteando
oculta en la inquietud y no te toco
te me escapás ambigua no te enfoco
flameando tetas verdes esquivando
negativa naranja incandescente
estás pero no estás adivinada
tu boca reaparece colorada
o azul besando a otro indiferente
celeste falo ondula y no es el mío
y cambio de canal y tengo frío
*****************************
en medio del camino de la vida
el taxi me conduce hacia el infierno
recién salgo del cielo un cuerpo tierno
se abrió para mí solo y la avenida
parece que me lleva que me flota
y acelera virgilio gómez bruno
matrícula cien mil quinientos uno
y agosto al mediodía casi explota
que me lleve hasta el fin de las ciudades
que me guíe hasta el borde de mi suerte
que me lleve hasta el fondo de la muerte
que me enseñe la sombra y las verdades
estoy en el placer anonadado
ya ni el diablo me quita lo garchado
*****************************
había demasiada luz radiante
en tu cuarto alquilado carolina
y en tu verde mirada clandestina
estaba tu provincia delirante
en tu risa sonaba el lorerío
fluvial abrazo manso recostada
pobreza amanecida y escapada
la voz en el verano del desvío
la fuga capital las ilusiones
rajar para ser otra en las bocinas
y acabar extrañando las espinas
del monte de la infancia de misiones
toda la siesta verde entre tus brazos
la añoranza secreta en tus ojazos
*****************************
sucede que me canso de ser perro
me cansa andar alzado a toda hora
entregado al deseo que devora
mi hueso melancólico que entierro
me fatiga la hormona esclavizante
que ordena que al amor hay que bombearlo
y me empuja a la calle hasta encontrarlo
hasta dar con la perra deslumbrante
y entonces me abotono a la pulposa
y doy con mi cordura porque mojo
porque a decir verdad yo a veces cojo
para poder pensar en otra cosa
me canso de ser perro enamorado
perro solo civil desesperado
Ramón Paz nació en Buenos Aires en el 69. Publicó las novelas A la sombra de las gurisas en flor y Gente así. Tiene dos libros inéditos: Reseñas venenosas y Cuentos para cojer de parado . En 2003, la editorial Eloísa Cartonera publicó una selección de Pornosonetos.
a rolo la mujer lo sorprendió
pajeándose con gafas de 3D
sentadito mirando la tv
y a las tres menos cuarto lo dejó
yo no quiero vivir con un pajero
le dijo y se rajó y ahí quedó rolo
medio triste o alegre medio solo
continuando su asunto con esmero
por fin la casa toda para mí
sin el feminodonte dando vueltas
por fin mirar las guáchidas esbeltas
posando en el canal fashion tiví
mi amigo todo el día haciendo nada
pidiéndose una pizza una empanada
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¿y cómo puede ser que seas así
que el cuerpo todo vaya para allá
y venga después todo para acá
la curva y contracurva para mí
en qué pensaba dios cuando te hizo
qué se tomó ese día qué buscaba
zigzagueante mareado qué dudaba
qué fiesta recordó qué es lo que quiso
probar en lo sinuoso de tu orilla
qué conjunción de esferas más hermosa
qué música ondulante victoriosa
qué milagro guardaba en mi costilla
pensaba en algún río delirante
qué quiso celebrar en ese instante?
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me zumba la poronga fluorescente
como espada de jedi con estática
me hierve la capacidad espermática
las bolas repletísimas de gente
capto ondas de radio con la punta
frecuencia enamorada estereofónica
gemidos de la multitud ciclónica
la antena se me sube se me apunta
me rotan los planetas del escroto
se me agrava el calambre desolado
y escucho con el tótem envarado
el amor atmosférico remoto
la humanidad me vibra me alborota
en la punta encendida de la chota
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esos culos que siempre dicen no
que van diciendo no de lado a lado
hay que verlos negando sin cuidado
van diciendo que no que no que no
cada muslo que avanza dice no
seguime pero no todo parado
la chica dice mírenme qué estado
y pasa y su culito dice no
ese culo altanero vanidoso
que va diciendo no con frenesí
se burla de la hormona dice no
y pasa respingado tan hermoso
los hombres atrapados dicen sí
pero el culito pasa y dice no
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el negro se asomó por la ventana
y te gritó mi amor te chupo el ketchup
hoy compartís con él un mismo techo
y padecés su aliento a la mañana
tan espantada estabas ese día
que nunca hubiera dicho el desenlace
es raro que tu amor se despertase
por ese candidato a policía
esa barriga llena pura panza de comerse las eses diariamenteme sugiere la imagen en mi mente
que arriba tuyo oscila esa balanza
yo te amé a campo abierto sobre un poncho
pero vos preferistes a ese groncho
*****************************
te me codificás en pleno abrazo
te me volvés hipérbaton verdosa
tan nítida que estabas tan hermosa
de golpe sos bandera fogonazo
camuflada en colores serpenteando
oculta en la inquietud y no te toco
te me escapás ambigua no te enfoco
flameando tetas verdes esquivando
negativa naranja incandescente
estás pero no estás adivinada
tu boca reaparece colorada
o azul besando a otro indiferente
celeste falo ondula y no es el mío
y cambio de canal y tengo frío
*****************************
en medio del camino de la vida
el taxi me conduce hacia el infierno
recién salgo del cielo un cuerpo tierno
se abrió para mí solo y la avenida
parece que me lleva que me flota
y acelera virgilio gómez bruno
matrícula cien mil quinientos uno
y agosto al mediodía casi explota
que me lleve hasta el fin de las ciudades
que me guíe hasta el borde de mi suerte
que me lleve hasta el fondo de la muerte
que me enseñe la sombra y las verdades
estoy en el placer anonadado
ya ni el diablo me quita lo garchado
*****************************
había demasiada luz radiante
en tu cuarto alquilado carolina
y en tu verde mirada clandestina
estaba tu provincia delirante
en tu risa sonaba el lorerío
fluvial abrazo manso recostada
pobreza amanecida y escapada
la voz en el verano del desvío
la fuga capital las ilusiones
rajar para ser otra en las bocinas
y acabar extrañando las espinas
del monte de la infancia de misiones
toda la siesta verde entre tus brazos
la añoranza secreta en tus ojazos
*****************************
sucede que me canso de ser perro
me cansa andar alzado a toda hora
entregado al deseo que devora
mi hueso melancólico que entierro
me fatiga la hormona esclavizante
que ordena que al amor hay que bombearlo
y me empuja a la calle hasta encontrarlo
hasta dar con la perra deslumbrante
y entonces me abotono a la pulposa
y doy con mi cordura porque mojo
porque a decir verdad yo a veces cojo
para poder pensar en otra cosa
me canso de ser perro enamorado
perro solo civil desesperado
Ramón Paz nació en Buenos Aires en el 69. Publicó las novelas A la sombra de las gurisas en flor y Gente así. Tiene dos libros inéditos: Reseñas venenosas y Cuentos para cojer de parado . En 2003, la editorial Eloísa Cartonera publicó una selección de Pornosonetos.
Saturday, June 11, 2005
de "la tomadora de cafe"
3. Si digo la verdad: en casa me despojodel buen viejo cinismo, que quedaa un lado, vacuo y dobladito como un trajede lanillaen desuso.
Monday, June 06, 2005
http://proximidad.blogspot.com/
es otro lugar que desde hace mas de un año viene publicando una revista que circula y se expande como si fuera de la arena de mar del plata, de la arena de todos los lugares a donde pueda llegar.
M34, T5, U11
una historia se construye a travez de la historia que sucede mientras se construye la otra historia, mientras otras historias, se construyen en la historia.
que denso. el humor se hace encima y es un asco. la comedia, la calle, el olor que soplan las ventanas para que no entre. la manzana que no quiere comer la calle podrida.
menos mal que me abrazaron hace un tiempo, algo de paz protege todo esto a donde tengo que salir y pensar como slair, salir, silar, srila, etc.
que denso. el humor se hace encima y es un asco. la comedia, la calle, el olor que soplan las ventanas para que no entre. la manzana que no quiere comer la calle podrida.
menos mal que me abrazaron hace un tiempo, algo de paz protege todo esto a donde tengo que salir y pensar como slair, salir, silar, srila, etc.
Saturday, June 04, 2005
no tan mal morirse para estar
Encuentro en un elevador
Sólo nosotros dos entramos en el elevador.
Nos miramos sin pensar en nada más.
Dos vidas, un momento, plenitud, beatitud.
Ella bajó en el quinto piso y yo, que iba más arriba,
supe que no volvería a verla jamás,
que nos habíamos encontrado en la vida sólo una vez,
que si la siguiera sería como un muerto,
y si ella volviese a mí
sería del otro mundo.
Vladimir Holan - República Checa.
Este poema pertenece al libro La gruta de las palabras (UAM, 1991; versiones de
José Emilio Pacheco).
Sólo nosotros dos entramos en el elevador.
Nos miramos sin pensar en nada más.
Dos vidas, un momento, plenitud, beatitud.
Ella bajó en el quinto piso y yo, que iba más arriba,
supe que no volvería a verla jamás,
que nos habíamos encontrado en la vida sólo una vez,
que si la siguiera sería como un muerto,
y si ella volviese a mí
sería del otro mundo.
Vladimir Holan - República Checa.
Este poema pertenece al libro La gruta de las palabras (UAM, 1991; versiones de
José Emilio Pacheco).
un cuento de beckett
SOBRESALTOS
un cuento de Samuel Beckett
Uno
Sentado una noche a su mesa con la cabeza en las manos se vio levantarse y partir. Una noche o un día. Pues aunque apagada su luz no se quedaba a oscuras. Le venía entonces de la única alta ventana una apariencia de luz. Debajo de ella todavía el banco en el cual se subía a ver el cielo hasta ya no poder desearlo. Si no se asomaba para ver cómo era abajo era quizá porque la ventana no estaba hecha para abrirse o porque no podía o no quería abrirla. Quizá sabía perfectamente cómo era abajo y ya no deseaba verlo. Tan bien que permanecía simple y llanamente allí encima de la lejana tierra viendo a través del vidrio nublado el cielo sin nubes. Tenue luz invariable sin par en su memoria de días y noches de antaño en los que la noche venía puntualmente a relevar al día y el día a la noche. Única luz pues apagada la suya de ahora en adelante aquélla le llegaría del exterior hasta que a su vez se apagara dejándolo en la oscuridad. Hasta que él a su vez se apague.
Una noche pues o un día sentado a su mesa con la cabeza en las manos se vio levantarse y partir. Primero levantarse sin más pegado a la mesa. Luego volver a sentarse. Luego levantarse nuevamente pegado a la mesa nuevamente. Luego partir. Comenzar a partir. Con pies invisibles comenzar a partir. A pasos tan lentos que sólo el cambio de sitio lo probaba. Como cuando desaparecía mientras aparecía nuevamente en un nuevo sitio. Luego desaparecía nuevamente mientras aparecía más tarde en un nuevo sitio nuevamente. Así iba desapareciendo cada vez mientras aparecía luego nuevamente en un nuevo sitio nuevamente. Nuevo sitio en el lugar en el que sentado a su mesa con la cabeza en las manos. Mismo sitio y misma mesa que cuando Darly murió y lo abandonó. Que cuando otros a su vez antes y después. Hasta que él por fin a su vez. Con la cabeza en las manos semi-deseando semi-temiendo que volviera a desaparecer que ya no reapareciera. O simplemente pidiéndoselo. O simplemente esperando. Esperando ver si sí o no. Si sí o no nuevamente solo sin esperar nada nuevamente.
Visto siempre por la espalda donde quiera que fuera. Mismo sombrero y mismo abrigo que en la época de la errancia. Tierra adentro. Ahora como alguien en un sitio desconocido en busca de la salida. En las tinieblas. A ciegas en las tinieblas del día o de la noche de un sitio desconocido en busca de la salida. De una salida. Hacia la errancia de antaño. Tierra adentro.
Un reloj lejano tocaba la hora y la media. El mismo que en la época en la que Darly entre otros murió y lo abandonó. Toquidos ya claros como llevados por el viento ya apenas en tiempo sereno. También gritos ya claros ya apenas. Con la cabeza en las manos semi-deseando semi-temiendo cuando tocaba la hora que ya nunca la medía. Igual que cuando tocaba la media. Igual cuando los gritos cejaban un momento. O simplemente pidiéndoselo. O simplemente esperando. Esperando escuchar.
Hubo un tiempo en el que de tiempo en tiempo levantaba la cabeza suficientemente para ver las manos. Lo que de ellas había que ver.
Una extendida en la mesa y sobre ella extendida la otra. En reposo después de todo lo que hicieron. Levantaba su finada cabeza para ver sus finadas manos. Luego la reposaba en ellas en reposo también ella. Después de todo lo que ella hizo.
Mismo sitio que aquél desde el cual cada día se iba a errar. Tierra adentro. Al que cada noche regresaba a dar vueltas en la sombra aunque pasajera de la noche. Ahora como desconocido al que vio levantarse y partir. Desaparecer y reaparecer de nuevo en un nuevo sitio. Desaparecer otra vez y aparecer otra vez en otro nuevo sitio. O en el mismo. Ningún índice de que no el mismo. Ninguna pared señal.
Ninguna mesa señal. En el mismo sitio que en el que daba vueltas todo sitio como uno mismo. O en otro. Ningún índice de que no otro. Donde nunca. Levantarse y partir en el mismo sitio de siempre. Desaparecer y reaparecer en otro donde nunca. Ningún índice de que no otro donde jamás. Sólo los toquidos. Los gritos. Los mismos de siempre.
Luego tantos toquidos y gritos sin que hubiera reaparecido que quizá ya no reaparecería. Luego tantos gritos desde los últimos toquidos que quizá ya no habría. Luego tal silencio desde los últimos gritos que quizá ya no habría más. Como quizá el final. O quizá solamente un remanso. Luego todo como antes. Los toquidos y los gritos como antes y él como antes ya allí ya ausente ya allí nuevamente ya nuevamente ausente. Luego el remanso nuevamente. Luego nuevamente como antes. Así una y otra vez. Y paciencia esperando el único verdadero fin de las horas y de la pena tanto de sí como del otro es decir la suya.
Dos
Como alguien que posee toda su cabeza nuevamente fuera en fin sin saber cómo se había encontrado tan poco tiempo antes de preguntarse si poseía toda su cabeza. Pues de alguien que no posee toda su cabeza ¿se puede razonablemente afirmar que se lo pregunta y que además se encuentra bajo pena de incoherencia se obstina en este rompecabezas con todo lo que le queda de razón? Por lo tanto fue bajo la especie de un ser más o menos razonable como emergió por fin sin saber cómo en el mundo exterior y no había vivido más de seis o siete horas del reloj antes de comenzar a preguntarse si poseía toda su cabeza. Mismo reloj cuyos toquidos daban la hora y la media cuando en su reclusión y por lo tanto primero naturalmente para tranquilizarlo antes de ser finalmente una fuente de preocupación ya que no más claros ahora que cuando acallados en principio por sus cuatro paredes. Luego buscó consuelo pensando en quien al caer la noche se apresura hacia el ocaso para ver mejor a Venus y no encontró ninguno. Sucedía lo mismo con el único sonido diferente que anima su soledad el de los gritos mientras subsistía perdiendo sufrimiento a su mesa con la cabeza en las manos. Sucedía lo mismo con la procedencia de los toquidos y los gritos en tanto que tan ilocalizable al aire libre como normalmente desde el interior. Obstinándose en todo eso con todo lo que le quedaba de razón buscó consuelo pensando que su recuerdo del interior dejaba qué desear y no encontró ninguno. A su pena se agregaba su caminar silencioso como cuando descalzo recorría su suelo. Así todo oído de peor en peor hasta cejar hasta de escuchar de oír y ponerse a mirar a su alrededor. Resultado finalmente estaba en un prado lo cual por lo menos tenía la ventaja de explicar su caminar silencioso antes un poco más tarde como para excusarse de incrementar su turbación.
Pues no tenía recuerdo de ningún prado desde cuyo corazón mismo no fuera visible algún límite desde el cual siempre a la vista algún lado un confín cualquiera como una cerca u otra forma de frontera que no debía franquearse. Circunstancia agravante al mirar de más cerca la hierba ésta no era de la que creía acordarse es decir verde y en la que pacían los diferentes herbívoros sino larga y de color grisáceo incluso blanca en partes. Luego buscó consuelo pensando que su recuerdo del exterior dejaba quizá qué desear y no encontró ninguno. Así todo ojos de peor en peor hasta cejar de ver de mirar alrededor de él o con atención y ponerse a pensar. Con ese fin a falta de una piedra sobre la cual sentarse como Walther y cruzar la pierna no encontró algo mejor que quedarse allí de pie inmóvil lo cual hizo después de dudarlo brevemente y por supuesto que inclinar la cabeza como alguien abismado en sus pensamientos lo cual hizo también después de dudarlo otra vez brevemente.
Pero pronto cansado de hurgar en esas ruinas retomó su paso a través de las largas pálidas hierbas resignado a ignorar dónde estaba y cómo llegó o a dónde iba y cómo regresar al sitio del cual ignoraba cómo había partido.
Así iba ignorando todo y con ningún fin a la vista. Ignorando todo y además sin deseo alguno de saber ni a decir verdad sin ninguno de ninguna clase y por consiguiente sin remordimientos tan sólo hubiera deseado que cesaran de una buena vez los toquidos y los gritos y lamentaba que no. Toquidos ya apenas ya claros como traídos por el viento pero no sopla nada y gritos ya claros ya apenas.
Tres
Así estaba antes de quedar inmóvil nuevamente cuando en sus oídos desde lo más profundo de sí oh cómo sería y aquí una palabra perdida terminar allí en donde nunca jamás. Luego largo silencio largo simplemente o tan largo que quizá ya nada y luego nuevamente desde lo más profundo de sí apenas un murmullo oh sería y aquí la palabra perdida allí donde nunca antes. En todo caso sea lo que sea lo que haya podido ser terminar y así una y otra vez acaso no estaba ya allí mismo en donde se encontraba inmóvil en el mismo sitio y doblado en dos y sin cesar en sus oídos desde lo más profundo de sí apenas un murmullo oh sería tal y así una y otra vez ¿no se encontraba ya si se da crédito a sus ojos allí donde nunca antes? Pues incluso alguien como él al encontrarse una vez en un sitio semejante ¿cómo no se hubiera estremecido al volverse a encontrar lo cual él no había hecho y habiéndose estremecido buscado consuelo pensando diciéndose que habiendo encontrado el medio de salir de ello entonces podía volverlo a encontrar para volver a salir una vez más lo cual tampoco había hecho? Allí entonces todo este tiempo en donde nunca antes y a dondequiera que buscara con los ojos ningún peligro o esperanza según el caso de salir alguna vez de allí. Era necesario pues como si nada persistiera ya en una dirección ya en otra o por el contrario ya no moverse según el caso es decir según esa palabra perdida que si resultaba negativa como desgraciado o malvenido por ejemplo entonces evidentemente a pesar de todo lo primero y en caso contrario evidentemente lo otro es decir ya no moverse. Como a título de ejemplo el lío en su mente supuestamente hasta ya nada desde lo más profundo que apenas de vez en vez oh terminar. Sin importar cómo sin importar dónde. Tiempo y pena y sí mismo por decir algo. Oh terminar todo.
(Traducción de Antonio Marquet)
un cuento de Samuel Beckett
Uno
Sentado una noche a su mesa con la cabeza en las manos se vio levantarse y partir. Una noche o un día. Pues aunque apagada su luz no se quedaba a oscuras. Le venía entonces de la única alta ventana una apariencia de luz. Debajo de ella todavía el banco en el cual se subía a ver el cielo hasta ya no poder desearlo. Si no se asomaba para ver cómo era abajo era quizá porque la ventana no estaba hecha para abrirse o porque no podía o no quería abrirla. Quizá sabía perfectamente cómo era abajo y ya no deseaba verlo. Tan bien que permanecía simple y llanamente allí encima de la lejana tierra viendo a través del vidrio nublado el cielo sin nubes. Tenue luz invariable sin par en su memoria de días y noches de antaño en los que la noche venía puntualmente a relevar al día y el día a la noche. Única luz pues apagada la suya de ahora en adelante aquélla le llegaría del exterior hasta que a su vez se apagara dejándolo en la oscuridad. Hasta que él a su vez se apague.
Una noche pues o un día sentado a su mesa con la cabeza en las manos se vio levantarse y partir. Primero levantarse sin más pegado a la mesa. Luego volver a sentarse. Luego levantarse nuevamente pegado a la mesa nuevamente. Luego partir. Comenzar a partir. Con pies invisibles comenzar a partir. A pasos tan lentos que sólo el cambio de sitio lo probaba. Como cuando desaparecía mientras aparecía nuevamente en un nuevo sitio. Luego desaparecía nuevamente mientras aparecía más tarde en un nuevo sitio nuevamente. Así iba desapareciendo cada vez mientras aparecía luego nuevamente en un nuevo sitio nuevamente. Nuevo sitio en el lugar en el que sentado a su mesa con la cabeza en las manos. Mismo sitio y misma mesa que cuando Darly murió y lo abandonó. Que cuando otros a su vez antes y después. Hasta que él por fin a su vez. Con la cabeza en las manos semi-deseando semi-temiendo que volviera a desaparecer que ya no reapareciera. O simplemente pidiéndoselo. O simplemente esperando. Esperando ver si sí o no. Si sí o no nuevamente solo sin esperar nada nuevamente.
Visto siempre por la espalda donde quiera que fuera. Mismo sombrero y mismo abrigo que en la época de la errancia. Tierra adentro. Ahora como alguien en un sitio desconocido en busca de la salida. En las tinieblas. A ciegas en las tinieblas del día o de la noche de un sitio desconocido en busca de la salida. De una salida. Hacia la errancia de antaño. Tierra adentro.
Un reloj lejano tocaba la hora y la media. El mismo que en la época en la que Darly entre otros murió y lo abandonó. Toquidos ya claros como llevados por el viento ya apenas en tiempo sereno. También gritos ya claros ya apenas. Con la cabeza en las manos semi-deseando semi-temiendo cuando tocaba la hora que ya nunca la medía. Igual que cuando tocaba la media. Igual cuando los gritos cejaban un momento. O simplemente pidiéndoselo. O simplemente esperando. Esperando escuchar.
Hubo un tiempo en el que de tiempo en tiempo levantaba la cabeza suficientemente para ver las manos. Lo que de ellas había que ver.
Una extendida en la mesa y sobre ella extendida la otra. En reposo después de todo lo que hicieron. Levantaba su finada cabeza para ver sus finadas manos. Luego la reposaba en ellas en reposo también ella. Después de todo lo que ella hizo.
Mismo sitio que aquél desde el cual cada día se iba a errar. Tierra adentro. Al que cada noche regresaba a dar vueltas en la sombra aunque pasajera de la noche. Ahora como desconocido al que vio levantarse y partir. Desaparecer y reaparecer de nuevo en un nuevo sitio. Desaparecer otra vez y aparecer otra vez en otro nuevo sitio. O en el mismo. Ningún índice de que no el mismo. Ninguna pared señal.
Ninguna mesa señal. En el mismo sitio que en el que daba vueltas todo sitio como uno mismo. O en otro. Ningún índice de que no otro. Donde nunca. Levantarse y partir en el mismo sitio de siempre. Desaparecer y reaparecer en otro donde nunca. Ningún índice de que no otro donde jamás. Sólo los toquidos. Los gritos. Los mismos de siempre.
Luego tantos toquidos y gritos sin que hubiera reaparecido que quizá ya no reaparecería. Luego tantos gritos desde los últimos toquidos que quizá ya no habría. Luego tal silencio desde los últimos gritos que quizá ya no habría más. Como quizá el final. O quizá solamente un remanso. Luego todo como antes. Los toquidos y los gritos como antes y él como antes ya allí ya ausente ya allí nuevamente ya nuevamente ausente. Luego el remanso nuevamente. Luego nuevamente como antes. Así una y otra vez. Y paciencia esperando el único verdadero fin de las horas y de la pena tanto de sí como del otro es decir la suya.
Dos
Como alguien que posee toda su cabeza nuevamente fuera en fin sin saber cómo se había encontrado tan poco tiempo antes de preguntarse si poseía toda su cabeza. Pues de alguien que no posee toda su cabeza ¿se puede razonablemente afirmar que se lo pregunta y que además se encuentra bajo pena de incoherencia se obstina en este rompecabezas con todo lo que le queda de razón? Por lo tanto fue bajo la especie de un ser más o menos razonable como emergió por fin sin saber cómo en el mundo exterior y no había vivido más de seis o siete horas del reloj antes de comenzar a preguntarse si poseía toda su cabeza. Mismo reloj cuyos toquidos daban la hora y la media cuando en su reclusión y por lo tanto primero naturalmente para tranquilizarlo antes de ser finalmente una fuente de preocupación ya que no más claros ahora que cuando acallados en principio por sus cuatro paredes. Luego buscó consuelo pensando en quien al caer la noche se apresura hacia el ocaso para ver mejor a Venus y no encontró ninguno. Sucedía lo mismo con el único sonido diferente que anima su soledad el de los gritos mientras subsistía perdiendo sufrimiento a su mesa con la cabeza en las manos. Sucedía lo mismo con la procedencia de los toquidos y los gritos en tanto que tan ilocalizable al aire libre como normalmente desde el interior. Obstinándose en todo eso con todo lo que le quedaba de razón buscó consuelo pensando que su recuerdo del interior dejaba qué desear y no encontró ninguno. A su pena se agregaba su caminar silencioso como cuando descalzo recorría su suelo. Así todo oído de peor en peor hasta cejar hasta de escuchar de oír y ponerse a mirar a su alrededor. Resultado finalmente estaba en un prado lo cual por lo menos tenía la ventaja de explicar su caminar silencioso antes un poco más tarde como para excusarse de incrementar su turbación.
Pues no tenía recuerdo de ningún prado desde cuyo corazón mismo no fuera visible algún límite desde el cual siempre a la vista algún lado un confín cualquiera como una cerca u otra forma de frontera que no debía franquearse. Circunstancia agravante al mirar de más cerca la hierba ésta no era de la que creía acordarse es decir verde y en la que pacían los diferentes herbívoros sino larga y de color grisáceo incluso blanca en partes. Luego buscó consuelo pensando que su recuerdo del exterior dejaba quizá qué desear y no encontró ninguno. Así todo ojos de peor en peor hasta cejar de ver de mirar alrededor de él o con atención y ponerse a pensar. Con ese fin a falta de una piedra sobre la cual sentarse como Walther y cruzar la pierna no encontró algo mejor que quedarse allí de pie inmóvil lo cual hizo después de dudarlo brevemente y por supuesto que inclinar la cabeza como alguien abismado en sus pensamientos lo cual hizo también después de dudarlo otra vez brevemente.
Pero pronto cansado de hurgar en esas ruinas retomó su paso a través de las largas pálidas hierbas resignado a ignorar dónde estaba y cómo llegó o a dónde iba y cómo regresar al sitio del cual ignoraba cómo había partido.
Así iba ignorando todo y con ningún fin a la vista. Ignorando todo y además sin deseo alguno de saber ni a decir verdad sin ninguno de ninguna clase y por consiguiente sin remordimientos tan sólo hubiera deseado que cesaran de una buena vez los toquidos y los gritos y lamentaba que no. Toquidos ya apenas ya claros como traídos por el viento pero no sopla nada y gritos ya claros ya apenas.
Tres
Así estaba antes de quedar inmóvil nuevamente cuando en sus oídos desde lo más profundo de sí oh cómo sería y aquí una palabra perdida terminar allí en donde nunca jamás. Luego largo silencio largo simplemente o tan largo que quizá ya nada y luego nuevamente desde lo más profundo de sí apenas un murmullo oh sería y aquí la palabra perdida allí donde nunca antes. En todo caso sea lo que sea lo que haya podido ser terminar y así una y otra vez acaso no estaba ya allí mismo en donde se encontraba inmóvil en el mismo sitio y doblado en dos y sin cesar en sus oídos desde lo más profundo de sí apenas un murmullo oh sería tal y así una y otra vez ¿no se encontraba ya si se da crédito a sus ojos allí donde nunca antes? Pues incluso alguien como él al encontrarse una vez en un sitio semejante ¿cómo no se hubiera estremecido al volverse a encontrar lo cual él no había hecho y habiéndose estremecido buscado consuelo pensando diciéndose que habiendo encontrado el medio de salir de ello entonces podía volverlo a encontrar para volver a salir una vez más lo cual tampoco había hecho? Allí entonces todo este tiempo en donde nunca antes y a dondequiera que buscara con los ojos ningún peligro o esperanza según el caso de salir alguna vez de allí. Era necesario pues como si nada persistiera ya en una dirección ya en otra o por el contrario ya no moverse según el caso es decir según esa palabra perdida que si resultaba negativa como desgraciado o malvenido por ejemplo entonces evidentemente a pesar de todo lo primero y en caso contrario evidentemente lo otro es decir ya no moverse. Como a título de ejemplo el lío en su mente supuestamente hasta ya nada desde lo más profundo que apenas de vez en vez oh terminar. Sin importar cómo sin importar dónde. Tiempo y pena y sí mismo por decir algo. Oh terminar todo.
(Traducción de Antonio Marquet)
consejos de chinasky
COMO SER UN GRAN ESCRITOR
por
CHARLES BUKOWSKI
tienes que cogerte a muchas mujeres
bellas mujeres,
y escribir unos pocos poemas de amor decentes
y no te preocupes por la edad
y los nuevos talentos.
Sólo toma más cerveza, más y más cerveza.
Anda al hipódromo por lo menos una vez
a la semana
y gana
si es posible.
aprender a ganar es difícil,
cualquier pendejo puede ser un buen perdedor.
y no olvides tu Brahms,
tu Bach y tu
cerveza.
no te exijas.
duerme hasta el mediodía.
evita las tarjetas de crédito
o pagar cualquier cosa en término.
acuérdate de que no hay un pedazo de culo
en este mundo que valga más de 50 dólares
(en 1977).
y si tienes capacidad de amar
ámate a ti mismo primero
pero siempre sé consciente de la posibilidad de
la total derrota
ya sea por buenas o malas razones.
un sabor temprano de la muerte no es necesariamente
una mala cosa.
quédate afuera de las iglesias y los bares y los museos
y como las arañas, sé
paciente,
el tiempo es la cruz de todos.
más
el exilio
la derrota
la traición
toda esa basura.
quédate con la cerveza,
la cerveza es continua sangre.
una amante continua.
agarra una buena máquina de escribir
y mientras los pasos van y vienen
más allá de tu ventana
dale duro a esa cosa,
dale duro.
haz de eso una pelea de peso pesado.
haz como el toro en la primer embestida.
y recuerda a los perros viejos,
que pelearon tan bien:
Hemingway, Celine, Dostoievski, Hamsun.
si crees que no se volvieron locos en habitaciones minúsculas
como te está pasando a ti ahora,
sin mujeres
sin comida
sin esperanza...
entonces no estás listo
toma más cerveza.
hay tiempo.
y si no hay,
está bien
igual.
por
CHARLES BUKOWSKI
tienes que cogerte a muchas mujeres
bellas mujeres,
y escribir unos pocos poemas de amor decentes
y no te preocupes por la edad
y los nuevos talentos.
Sólo toma más cerveza, más y más cerveza.
Anda al hipódromo por lo menos una vez
a la semana
y gana
si es posible.
aprender a ganar es difícil,
cualquier pendejo puede ser un buen perdedor.
y no olvides tu Brahms,
tu Bach y tu
cerveza.
no te exijas.
duerme hasta el mediodía.
evita las tarjetas de crédito
o pagar cualquier cosa en término.
acuérdate de que no hay un pedazo de culo
en este mundo que valga más de 50 dólares
(en 1977).
y si tienes capacidad de amar
ámate a ti mismo primero
pero siempre sé consciente de la posibilidad de
la total derrota
ya sea por buenas o malas razones.
un sabor temprano de la muerte no es necesariamente
una mala cosa.
quédate afuera de las iglesias y los bares y los museos
y como las arañas, sé
paciente,
el tiempo es la cruz de todos.
más
el exilio
la derrota
la traición
toda esa basura.
quédate con la cerveza,
la cerveza es continua sangre.
una amante continua.
agarra una buena máquina de escribir
y mientras los pasos van y vienen
más allá de tu ventana
dale duro a esa cosa,
dale duro.
haz de eso una pelea de peso pesado.
haz como el toro en la primer embestida.
y recuerda a los perros viejos,
que pelearon tan bien:
Hemingway, Celine, Dostoievski, Hamsun.
si crees que no se volvieron locos en habitaciones minúsculas
como te está pasando a ti ahora,
sin mujeres
sin comida
sin esperanza...
entonces no estás listo
toma más cerveza.
hay tiempo.
y si no hay,
está bien
igual.
Puní >>(incorrecciones)>
*
A donde se había metido lo que no estaba adentro aquella noche concluyente las simetrías, quel viento adultera ir al lugar que nova por que no va, estar donde las piezas no eran de su lugar en su lugar. Solo pensamientos enjaulados de sordo mundo externo el murmullo de pensar el eco elipsis, ese hábito placer de doler por que nos preocupan las costumbres –y las piezas armadas sirven puff para que alguien se arme y con que sentido el arma que se disparen las cosas con todos los sentidos sintiendo el sin sentido real-. De que lado se había inclinado el nivel. Los objetos parecidos a la ausencia de la sombra. >(repaso de suposición>>) El espejo que te devolvería algo. Como iba terminando desde un principio cada fin de partes sueltas en que consistía la volátil lasitud. Para un animal incapaz de volver por el camino donde vino. Arrebato al vuelo arrastrado, a la linda manera de esquivar el lugar inevitable con el armazón perdida de inopia bestia inteligente tocando el timbre al aire como si el aire oyera a donde se había metido lo que estaba afuera aquella noche concluyente.
Como si se oyera el timbre en una casa tan grande.
*
Ni siquiera sabían sus tinos, sus nombres, ni sus edades ni ideas, si sabían como se llamaban y cuantos años tenían y suplentes, no sabían para que tenían que verse, si sabían que verse siempre es por algo aunque no lo sepan, por que no sabían que iban a verse hasta el momento que se vieron. Y no se vieron mas por dos meses, o exactamente algo así. Pero recién había pasado un día, así que el se anduvo olvidando cosas por los lugares como siempre, y ella no las encontró por que estaban justo frente a ellas en esos lugares donde habían quedado olvidadas. Pero ella no sabia ni que ayer había visto al que se había olvidado esas cosas que ella no encontró cuando paso por el lugar ese como siempre, y el nunca supo que ella paso por ese lugar, pero si se acordaba de cuando paso ayer y la vio, y pensando como podría haber pasado como nunca, como siempre que nunca pasa por que está pasando y todo lo que es presente parece que no pasa nunca por que esta pasando siempre, sin nunca pensar que en 59 días la vería y seria el quien no la ve, cuando ella por primera vez lo reconoce por llevar puesto lo que se olvidaba siempre. Como si loviera por primera vez.
Advierte.
*
Todas las noches concluyen
Y como despertares
Conclusiones en las noches
Todos no entendemos saber
Predicciones que no adivinan
Ni cerca
Y tan bordea la cosa
Entidad pasando de largo
El pájaro que se va volando
Cuando siente que se acercan.
*
Entretanto estaba atardeciendo no hacía tanto frió. Yo todavía no había salido de esa pieza, pero se veía un lindo día a través de la ventana que esperaba que se secase mi remera colgada de planta alta. La tarea de hacer disponer construcciones en el mundo de la celebérrima Rafaela armatoste y sus piernas que distraían su vos en un micrófono desenchufado en vivo y en directo para todo el país.
*
Mientras sonaba un televisor invasor y un lavarropas que no se quedaba atrás ya que la remera llevaba varios días escapándose de el. Por fin espuma, por fin jabón, pensaba Azo globo que si se toca plop y vuelve a ser globo si alguien sopla algún lugar. Por fin panes con queso haciendo poesía invadida, ruido siniestro convertido en requiebro. Un elogio a la continuidad por las dudas. Lo que lleva al proceso de la finalización. No es cuestión de terminar sin una solución.
*
Las soluciones son el fin, y el fin dura poco. Siempre llega para concluir como una rama, una hoja, un ojo que llega a pensar en ver lo que no ve mientras pierde el tiempo mirando. Pero en este caso el tiempo es perdido si el final empieza desde el principio, pero nunca termina. Que clase de vida se consume si no todas sino.
Momentáneo expulso inquietudes que puedan llegar a perder interés por otras que lo pierdan también luego, en la prolongación. Tan circunstancial me veo caminando que creo que me podría detener cuando quiera y conceptuar como cierto una provisión así de fácil y torpe. Y me rió.
Como cierto día que no llega, hay también un reposo como elevación de una masa a la brisa de una ventana y alguien hambriento oliendo que hay, lo que se dice día a día. Tachones, almanaques, agendas,
todos inválidos y dotados.
Multitudes , diría la ausencia. Sin mascara, cansada y a la vez como si le quedaran días por cansarse de hacer.
Hay que hacerse mientras se esté. Aunque nos digan, no te hagas, deja de hacerte. Como si hacerse fuera tan increíble como el hecho de deshacerse, y con la pregunta de en que queda lo que se hizo.
En los kioscos, en las macetas, en las furas –como dirían los cultos-?.
Me acuerdo cuando la cebolla me enseño a evitar el llanto. Aprendí a no enseñarlo, pero nunca lo pude evitar.
Suelo querer salir del suelo, pero mis saltos solo pueden saltar.
Si mis vuelos pudiesen volar...
Uy si.
Que te quieran es neurálgico?
No ves idiotísima sutileza que te podría consumir
Mouchoir. Vérité,
jardín.
A donde se había metido lo que no estaba adentro aquella noche concluyente las simetrías, quel viento adultera ir al lugar que nova por que no va, estar donde las piezas no eran de su lugar en su lugar. Solo pensamientos enjaulados de sordo mundo externo el murmullo de pensar el eco elipsis, ese hábito placer de doler por que nos preocupan las costumbres –y las piezas armadas sirven puff para que alguien se arme y con que sentido el arma que se disparen las cosas con todos los sentidos sintiendo el sin sentido real-. De que lado se había inclinado el nivel. Los objetos parecidos a la ausencia de la sombra. >(repaso de suposición>>) El espejo que te devolvería algo. Como iba terminando desde un principio cada fin de partes sueltas en que consistía la volátil lasitud. Para un animal incapaz de volver por el camino donde vino. Arrebato al vuelo arrastrado, a la linda manera de esquivar el lugar inevitable con el armazón perdida de inopia bestia inteligente tocando el timbre al aire como si el aire oyera a donde se había metido lo que estaba afuera aquella noche concluyente.
Como si se oyera el timbre en una casa tan grande.
*
Ni siquiera sabían sus tinos, sus nombres, ni sus edades ni ideas, si sabían como se llamaban y cuantos años tenían y suplentes, no sabían para que tenían que verse, si sabían que verse siempre es por algo aunque no lo sepan, por que no sabían que iban a verse hasta el momento que se vieron. Y no se vieron mas por dos meses, o exactamente algo así. Pero recién había pasado un día, así que el se anduvo olvidando cosas por los lugares como siempre, y ella no las encontró por que estaban justo frente a ellas en esos lugares donde habían quedado olvidadas. Pero ella no sabia ni que ayer había visto al que se había olvidado esas cosas que ella no encontró cuando paso por el lugar ese como siempre, y el nunca supo que ella paso por ese lugar, pero si se acordaba de cuando paso ayer y la vio, y pensando como podría haber pasado como nunca, como siempre que nunca pasa por que está pasando y todo lo que es presente parece que no pasa nunca por que esta pasando siempre, sin nunca pensar que en 59 días la vería y seria el quien no la ve, cuando ella por primera vez lo reconoce por llevar puesto lo que se olvidaba siempre. Como si loviera por primera vez.
Advierte.
*
Todas las noches concluyen
Y como despertares
Conclusiones en las noches
Todos no entendemos saber
Predicciones que no adivinan
Ni cerca
Y tan bordea la cosa
Entidad pasando de largo
El pájaro que se va volando
Cuando siente que se acercan.
*
Entretanto estaba atardeciendo no hacía tanto frió. Yo todavía no había salido de esa pieza, pero se veía un lindo día a través de la ventana que esperaba que se secase mi remera colgada de planta alta. La tarea de hacer disponer construcciones en el mundo de la celebérrima Rafaela armatoste y sus piernas que distraían su vos en un micrófono desenchufado en vivo y en directo para todo el país.
*
Mientras sonaba un televisor invasor y un lavarropas que no se quedaba atrás ya que la remera llevaba varios días escapándose de el. Por fin espuma, por fin jabón, pensaba Azo globo que si se toca plop y vuelve a ser globo si alguien sopla algún lugar. Por fin panes con queso haciendo poesía invadida, ruido siniestro convertido en requiebro. Un elogio a la continuidad por las dudas. Lo que lleva al proceso de la finalización. No es cuestión de terminar sin una solución.
*
Las soluciones son el fin, y el fin dura poco. Siempre llega para concluir como una rama, una hoja, un ojo que llega a pensar en ver lo que no ve mientras pierde el tiempo mirando. Pero en este caso el tiempo es perdido si el final empieza desde el principio, pero nunca termina. Que clase de vida se consume si no todas sino.
Momentáneo expulso inquietudes que puedan llegar a perder interés por otras que lo pierdan también luego, en la prolongación. Tan circunstancial me veo caminando que creo que me podría detener cuando quiera y conceptuar como cierto una provisión así de fácil y torpe. Y me rió.
Como cierto día que no llega, hay también un reposo como elevación de una masa a la brisa de una ventana y alguien hambriento oliendo que hay, lo que se dice día a día. Tachones, almanaques, agendas,
todos inválidos y dotados.
Multitudes , diría la ausencia. Sin mascara, cansada y a la vez como si le quedaran días por cansarse de hacer.
Hay que hacerse mientras se esté. Aunque nos digan, no te hagas, deja de hacerte. Como si hacerse fuera tan increíble como el hecho de deshacerse, y con la pregunta de en que queda lo que se hizo.
En los kioscos, en las macetas, en las furas –como dirían los cultos-?.
Me acuerdo cuando la cebolla me enseño a evitar el llanto. Aprendí a no enseñarlo, pero nunca lo pude evitar.
Suelo querer salir del suelo, pero mis saltos solo pueden saltar.
Si mis vuelos pudiesen volar...
Uy si.
Que te quieran es neurálgico?
No ves idiotísima sutileza que te podría consumir
Mouchoir. Vérité,
jardín.
seria como poesia
estar inconforme como parte de la satusfaccion del gusto por la belleza, aunque realmente no suseda tal o cual en plenitud y desgaste. andando por los rincones para contemplar que no es cierto el sueño, que es parte del ser individual.
el error del titulo
estoy tratando de enviar una foto. aparece un cartel. me desvisto. llegan a sacarme y todo por una foto.
Saturday, May 28, 2005
prolongacion del bienestar
Cuando sopla el viento se golpean
los frágiles tallos de la caña,
cortados y pulidos por el hombre
y dispuestos a la súplica del aire,
siempre actúan un poco reservados,
como dando un paso atrás frente al bullicio,
esperando la hora de la noche
para tocar su música modesta
donde el ojo no alcanza.
que es lo que es mio y lo que es no de mi
cuando ni se que es mio, o si algo podria ser de alguien
cuando quisiera yo ser de alguien que supiera que es mio
y todo ese mecanismo de pertenencias complicadas
o lindas complicaciones, depende como se mire
y de cuanto tiempo haya pasado
desde la ultima vez que se estuvo con nadie
y de como nadie hizo que alguien se mirase a si mismo
y de como si mismo se vio al verse para volver a volcarse hervido
como tambien asi de solo y no de soledades sino de solamentes?
o sentirse bien prolongado de pronosticos en pos
y del resto con lo suyo y lo suyo con el resto de ellos
que hacen apariciones y desapariciones
de lo bueno o lo inclasificable
lo que solamente se vive
o lo que solamente no se sabe salir
o se vive solamente saliendo
y que seria del sueño de estar con la luna
si se pudiese saber que se esta con alguien
y que es la luna de ese alguien que ilumina tambien
demases sombras sin luna titular
y que es de ese alguien para quien y de quien
disparar tentativas?
y que seria de la luna sin la luna
si en la luna se extrañan las cosas
y que esa luna no le pertenece
pero brilla hasta del otro lado
donde los rastros de la luna...
nunca es asi, de su brillo
solo disfrutan la oscuridad del resto
a quien les ilumine el brillo de la luna
que es para siempre como la espera
para todos los soles los desesperados nubarrones
el fuego que apaga el agua
o el placer de haber encontrado lo que se esperaba
del brillo de la luna siempre presente
o presente pero lejana y brillante
o brillante pero ausente y cerca
siempre esperando que salga
aunque salga en otro lado
y uno no alcanse a cubrir como un rayo que quisiera.
que buen disfrute habria de verte por ahi
o haria de impulsarte a que te acerques al borde
para el equilibrio del temblor tan pegado
tan pero tan distante y pegado
a lo que nunca es asi ni cuando era
a lo que no es asi, para que sea.
lo que descoloca es lo ausente
cuando la ausencia deja una pluma
en un correo
cuando un ala le responde a una pluma
que le corresponde.
los frágiles tallos de la caña,
cortados y pulidos por el hombre
y dispuestos a la súplica del aire,
siempre actúan un poco reservados,
como dando un paso atrás frente al bullicio,
esperando la hora de la noche
para tocar su música modesta
donde el ojo no alcanza.
que es lo que es mio y lo que es no de mi
cuando ni se que es mio, o si algo podria ser de alguien
cuando quisiera yo ser de alguien que supiera que es mio
y todo ese mecanismo de pertenencias complicadas
o lindas complicaciones, depende como se mire
y de cuanto tiempo haya pasado
desde la ultima vez que se estuvo con nadie
y de como nadie hizo que alguien se mirase a si mismo
y de como si mismo se vio al verse para volver a volcarse hervido
como tambien asi de solo y no de soledades sino de solamentes?
o sentirse bien prolongado de pronosticos en pos
y del resto con lo suyo y lo suyo con el resto de ellos
que hacen apariciones y desapariciones
de lo bueno o lo inclasificable
lo que solamente se vive
o lo que solamente no se sabe salir
o se vive solamente saliendo
y que seria del sueño de estar con la luna
si se pudiese saber que se esta con alguien
y que es la luna de ese alguien que ilumina tambien
demases sombras sin luna titular
y que es de ese alguien para quien y de quien
disparar tentativas?
y que seria de la luna sin la luna
si en la luna se extrañan las cosas
y que esa luna no le pertenece
pero brilla hasta del otro lado
donde los rastros de la luna...
nunca es asi, de su brillo
solo disfrutan la oscuridad del resto
a quien les ilumine el brillo de la luna
que es para siempre como la espera
para todos los soles los desesperados nubarrones
el fuego que apaga el agua
o el placer de haber encontrado lo que se esperaba
del brillo de la luna siempre presente
o presente pero lejana y brillante
o brillante pero ausente y cerca
siempre esperando que salga
aunque salga en otro lado
y uno no alcanse a cubrir como un rayo que quisiera.
que buen disfrute habria de verte por ahi
o haria de impulsarte a que te acerques al borde
para el equilibrio del temblor tan pegado
tan pero tan distante y pegado
a lo que nunca es asi ni cuando era
a lo que no es asi, para que sea.
lo que descoloca es lo ausente
cuando la ausencia deja una pluma
en un correo
cuando un ala le responde a una pluma
que le corresponde.
Monday, May 23, 2005
conmoversiones
algo que me llena, me invade y me despoja
seran las hojas?
lula, la confucion mas clara.
La cara es cosa reciente, acaba de aparecer.
>No todos tienen cara, no todos tienen estrella.
>La caricia es un poco más abajo, más cerca
>del día, del mediodía. Alta es la cara para la caricia,
>cara de luna, demasiada poesía. Y es tarde para insistir.
>Hay una cara preciosa pero no diré dónde.
>Ya no trabajo aquí.
seran las hojas?
lula, la confucion mas clara.
La cara es cosa reciente, acaba de aparecer.
>No todos tienen cara, no todos tienen estrella.
>La caricia es un poco más abajo, más cerca
>del día, del mediodía. Alta es la cara para la caricia,
>cara de luna, demasiada poesía. Y es tarde para insistir.
>Hay una cara preciosa pero no diré dónde.
>Ya no trabajo aquí.
Wednesday, May 04, 2005
ajeno
Si se circunscribe un hexágono a una cónica,
las diagonales que unen vértices opuestos
son concurrentes en un punto.
Teorema de Brianchon.
Se sabe, o por lo menos, muchos intuyen que: el hombre es un ser vivo compuesto de cuerpo o materia y alma o espíritu. Lo evidente no necesita ser demostrado, el cuerpo del hombre es algo evidente, así que no necesita desmotracion alguna. El alma, por el contrario... es otra cosa.
En Pueyrredón y Santa Fé, Rodriguez terminó de hablar junto el ultimo trago de su cafe. Esteban dejó de sonreir, y observó los dos sobres que Rodriguez depositaba sobre la mesa. Un sobre color manila, de papel madera liso. Un sobre blanco, mas pequeño, sin una sombra de suciedad.
Y es ahora cuando la historia podría tomar dos caminos... El momento en que Esteban deseaba no estar sólo.
las diagonales que unen vértices opuestos
son concurrentes en un punto.
Teorema de Brianchon.
Se sabe, o por lo menos, muchos intuyen que: el hombre es un ser vivo compuesto de cuerpo o materia y alma o espíritu. Lo evidente no necesita ser demostrado, el cuerpo del hombre es algo evidente, así que no necesita desmotracion alguna. El alma, por el contrario... es otra cosa.
En Pueyrredón y Santa Fé, Rodriguez terminó de hablar junto el ultimo trago de su cafe. Esteban dejó de sonreir, y observó los dos sobres que Rodriguez depositaba sobre la mesa. Un sobre color manila, de papel madera liso. Un sobre blanco, mas pequeño, sin una sombra de suciedad.
Y es ahora cuando la historia podría tomar dos caminos... El momento en que Esteban deseaba no estar sólo.
Monday, April 04, 2005
de londres
El burlado
por Jack London
Aquél era el final. Subienkow había recorrido un largo camino de amargura y horrores, guiado, como una paloma, por el instinto que lo llevaba hacia las capitales de Europa, y allí, en el punto más lejano, en la América rusa, el sendero acababa. Estaba sentado en la nieve con los brazos atados a la espalda, esperando la tortura. Miró con curiosidad al enorme cosaco que, tendido de bruces sobre la nieve, gemía de dolor frente a él. Los hombres habían acabado con el gigante y se lo habían entregado a las mujeres. Sus gritos atestiguaban que ellas habían excedido en crueldad a los varones.
Subienkow miró y se estremeció. No temía a la muerte. En el largo camino de Varsovia a Nulato había arriesgado la vida demasiadas veces para temerle ahora al simple hecho de morir. Lo que sí le asustaba era la tortura. Era una afrenta a su espíritu. Una afrenta, no por el dolor que tuviera que soportar, sino por el triste espectáculo que le haría ofrecer ese dolor. Sabía que rogaría, que suplicaría, que imploraría como lo habían hecho el Gran Iván y los que le habían precedido. Y eso le repugnaba. Con valor y serenidad, con una sonrisa y una chanza... así había que morir. Pero perder el control, dejar que el dolor de la carne afectara su espíritu, chillar y escandalizar como un simio, rebajarse a la categoría de bestia... eso era lo terrible.
No había tenido ocasión de escapar. Desde el primer momento, desde el día en que se había entregado al sueño apasionado de la independencia de Polonia, había sido un títere en manos del destino. Desde el primer momento... A través de Varsovia, de San Petersburgo, de las minas de Siberia, de Kamchatka, de los barcos alucinantes de los ladrones de pieles, el destino le había ido conduciendo hasta este terrible final. Indudablemente, en los cimientos del universo estaba escrito que acabaría así. Él, un hombre fino y sensible, con los nervios a flor de piel, un soñador, un poeta, un artista... Aun antes de que nadie imaginara su existencia se había sentenciado que aquel manojo estremecido de sensibilidad que había de ser su persona sería condenado a vivir en la brutalidad más cruda y vociferante y a morir en ese reino lejano de la noche, en ese lugar oscuro situado más allá del último confín.
Suspiró. Aquel bulto informe que tenía ante él era el Gran Iván, el gigante, el hombre sin nervios, el de temple de acero, el cosaco convertido en pirata de los mares, flemático como el buey y dotado de un sistema nervioso tan resistente que lo que el hombre común consideraba dolor era para él apenas un simple cosquilleo. Pues bien, nadie como esos indios nulatos para encontrar los nervios de Iván y seguirlos hasta la raíz de su espíritu estremecido. Indudablemente lo habían conseguido. Era inconcebible que un hombre pudiera sufrir tanto y, sin embargo, seguir viviendo. El Gran Iván estaba pagando caro el temple de sus nervios. Ya había durado más del doble que cualquiera de los otros.
Subienkow se dio cuenta de que no podía aguantar por más tiempo el sufrimiento del cosaco. ¿Por qué no moría ya? Si no dejaba de oír sus gritos, pronto se volvería loco. Pero cuando éstos cesaran, le llegaría el turno a él. Y para colmo, allí estaba Yakaga, sonriéndole de antemano con una mueca brutal... Yakaga, el hombre a quien sólo la semana anterior había arrojado del fuerte cruzándole la cara con el látigo que utilizaba para los perros. Yakaga se encargaría con gusto de él. Seguro que le reservaba torturas más refinadas, más exquisitas que las que destinaban a los otros.
¡Ay! Del grito de Iván dedujo que aquél había sido un buen golpe. Las indias que se cernían sobre el cosaco retrocedieron un paso entre palmas y carcajadas. Subienkow vio entonces la acción monstruosa que habían perpetrado y comenzó a reír histéricamente. Las mujeres le miraron asombradas. Pero Subienkow no podía dejar de reír.
Así no llegaría a ninguna parte. Se dominó, y poco a poco sus sacudidas espasmódicas se fueron calmando. Se esforzó por pensar en otras cosas y comenzó a leer en su pasado. Recordó a su padre y a su madre y al pony de pintas que le habían regalado, y al profesor de francés que le había enseñado a bailar y le había prestado a hurtadillas un libro de Voltaire, viejo y manoseado. Una vez más vio a París, y el Londres melancólico, y la alegre Viena, y Roma. Y una vez más vio a aquel grupo bravío de jóvenes que, como él, habían soñado con una Polonia independiente y con instaurar a un rey polaco en el trono de Varsovia. Allí había comenzado el largo camino. Al menos él era el que más había durado. Uno por uno, comenzando por los dos que habían ejecutado en San Petersburgo, había visto caer a todos aquellos valientes: uno aquí a manos de un carcelero, otro allá en el camino sangriento de exilio que habían recorrido durante meses sin fin, otro más vencido por los golpes y malos tratos de los guardas cosacos. Siempre el mismo salvajismo; un salvajismo brutal, bestial... Habían muerto de fiebres, en las minas, bajo el azote del látigo. Los dos últimos habían sucumbido en la huida, en la batalla con los cosacos. Sólo él había logrado llegar a Kamchatka con los documentos y el dinero robados a un viajero que había dejado agonizando sobre la nieve.
No había visto sino brutalidad. Todos aquellos años, mientras tenía el pensamiento puesto en salones, en teatros y en cortes, la brutalidad lo había asediado. Había comprado su vida con sangre. Todos se habían manchado las manos. Él mismo había asesinado a aquel viajero para poder robarle el pasaporte. Había tenido que probar su valor manteniendo sendos duelos con dos oficiales rusos en un mismo día. Había tenido que demostrar su valentía para ganarse un puesto entre los ladrones de pieles. Tras él quedaba el interminable camino que atravesaba toda Siberia y toda Rusia. No podía volver atrás; por allí no había escape posible. No le quedaba más opción que seguir adelante, atravesar el mar de Bering, oscuro y helado, para llegar a Alaska. El camino lo había llevado del puro y simple salvajismo a un salvajismo aún más refinado. En los barcos de ladrones de pieles, castigados por el escorbuto, sin comida ni agua, asediados por las inacabables tormentas de aquel mar tormentoso, los hombres se convertían en animales. Tres veces había salido de Kamchatka en dirección al Este. Y otras tantas, después de pasar toda clase de sufrimientos y penalidades, los sobrevivientes habían vuelto a Kamchatka. No había posibilidad de huir y no podía volver al punto de partida, donde las minas y el látigo aguardaban. De nuevo, por cuarta y última vez, había zarpado hacia el Este. Había partido con los que descubrieron las fabulosas islas de las Focas, pero no había regresado con ellos para participar en el reparto de pieles ni en las bulliciosas orgías de Kamchatka. Había jurado no volver atrás. Sabía que si quería llegar a sus queridas capitales de Europa tenía que seguir siempre adelante. Y por eso había subido a bordo de otro barco y había permanecido en las oscuras tierras del Nuevo Continente. Sus compañeros de tripulación eran cazadores eslavos, aventureros rusos y aborígenes mongoles, tártaros y siberianos. Juntos habían abierto un camino de sangre entre los salvajes de aquel mundo nuevo. Habían exterminado aldeas enteras y se habían negado a pagar los tributos de pieles, pero a su vez habían sido víctimas de las matanzas a que los sometían otras tripulaciones. Él y un tal Finn habían sido los únicos supervivientes de la suya. Habían pasado un invierno de soledad y de hambre en una isla desierta del archipiélago de las Aleutianas y al fin, en primavera, la posibilidad entre mil de que los rescatara otro navío se había realizado.
Pero el salvajismo más terrible los seguía asediando. De barco en barco, siempre negándose a volver, había ido a parar a un navío que se dirigía a explorar las tierras del Sur. A todo lo largo de la costa de Alaska no habían encontrado sino hordas de salvajes. Cada anclaje que efectuaban entre las islas abruptas o bajo los acantilados amenazadores de la tierra firme había significado una batalla o una tormenta. O soplaban vientos que amenazaban con destruirlos o llegaban las canoas cargadas de nativos vociferantes con rostros cubiertos de pinturas de guerra que venían a aprender qué virtudes sangrientas poseía la pólvora de aquellos señores del mar. Siempre navegando rumbo al Sur, habían bordeado la costa hasta llegar a las míticas tierras de California. Se decía que grupos de aventureros españoles habían logrado abrirse camino hasta allí partiendo de México. En esos aventureros españoles había puesto su esperanza. Si hubiera logrado encontrarse con ellos, el resto habría sido fácil (un año o dos más, ¿qué importaba?). Habría llegado a México; luego un barco, y Europa habría sido suya. Pero no había dado con los españoles. Sólo había tropezado con la eterna muralla inexpugnable de salvajismo. Los habitantes de los confines del mundo, cubiertos sus rostros de pinturas de guerra, les habían obligado a replegarse una y otra vez. Al fin, un día en que éstos lograron apoderarse de uno de sus barcos y exterminar a toda la tripulación, el que tenía el mando de la flota decidió abandonar la empresa y regresar al Norte.
Pasaron los años. Estuvo a las órdenes de Tebenkoff cuando se construyó el fuerte de Michaelovski. Pasó dos años en la región del Kuskokwim. Dos veranos, en junio logró llegar al extremo del estrecho de Kotzebue. Allí era donde las tribus se reunían a traficar, donde se encontraban pieles moteadas de venado siberiano, marfil de las Diomedes, pieles de morsa de las costas del Ártico, extraños candiles de piedra que pasaban de tribu en tribu y cuyo origen nadie conocía, y hasta un cuchillo de caza fabricado en Inglaterra. Aquél, Subienkow lo sabía, era el mejor lugar para aprender geografía. Porque halló allí esquimales del estrecho de Norton, de las islas del Rey y de la isla de San Lorenzo, del cabo Príncipe de Gales y de Punta Barrow. Allí aquellos lugares tenían otros nombres y las distancias se medían en jornadas.
Era una región vasta la de procedencia de aquellos salvajes, y más vasta todavía era la región desde donde habían llegado hasta ellos, por caminos interminables, los candiles de piedra y el cuchillo de acero. Subienkow amenazaba, halagaba y sobornaba. Todos los viajeros y los nativos de alguna extraña tribu eran llevados a su presencia. Allí se mencionaban peligros sin cuento, animales salvajes, tribus hostiles, bosques impenetrables y majestuosas cadenas montañosas; y siempre, de lugares aún más lejanos, llegaban rumores de la existencia de hombres de piel blanca, ojos azules y cabellos rubios que peleaban como diablos y que buscaban pieles. Hacia el Este decían que se hallaban; muy lejos, siempre hacia el Este. Nadie los había visto. Era un rumor que corría de boca en boca.
Fue aquél un duro aprendizaje. Se adquirían conocimientos de geografía a través de extraños dialectos, a través de mentes oscuras que mezclaban la realidad con la fábula y que medían las distancias en jornadas, que variaban según la dificultad del camino. Pero al fin llegó un rumor que le hizo concebir esperanzas. Al Este había un gran río donde se hallaban los hombres de ojos azules. El río se llamaba Yukón. Al sur del fuerte Michaelovski desembocaba otro gran río que los rusos conocían con el nombre de Kwikpak. Los dos eran el mismo, decía el rumor.
Subienkow volvió a Michaelovski. Durante un año trató de organizar una expedición al Kwikpak. Al fin convenció a Malakoff, el mestizo ruso, de que se pusiera al frente de una mixtura infernal, la horda más salvaje y feroz de aventureros mestizos que jamás hubiera salido de Kamchatka. Subienkow iba de lugarteniente. Recorrieron los laberintos del delta del Kwikpak, atravesaron las colinas de la ribera norte del río y en canoas de piel cargadas hasta la borda de mercancías para traficar y de munición lucharon a lo largo de quinientas millas contra las corrientes de cinco nudos de aquel río de una anchura que oscilaba entre dos y diez millas y de muchas brazas de profundidad. Malakoff decidió construir un fuerte en Nulato. Subienkow le instó a seguir adelante, pero pronto se reconcilió con la idea. El largo invierno se echaba encima. Sería mejor esperar. A comienzos del verano siguiente, cuando se derritieran los hielos, remontarían el Kwikpak y se abrirían paso hasta las factorías de la Compañía de la Bahía de Hudson. Malakoff no había oído el rumor de que el Kwikpak era el Yukón, y Subienkow no se lo dijo.
Y comenzaron a construir el fuerte. Lo hicieron sobre la base de trabajos forzados. Las murallas formadas por hileras de troncos se elevaron entre suspiros y quejas de los indios mulatos. El látigo restalló sobre sus espaldas, y era la mano de hierro de los bucaneros del mar la que sostenía el látigo. Algunos indios huían. Cuando lograban capturarlos, los traían hasta el fuerte, los obligaban a tenderse de bruces ante la puerta y allí demostraban a la tribu la eficacia del látigo. Dos murieron bajo los azotes; muchos quedaron mutilados de por vida, y el resto aprendió la lección y no volvió a intentar la huida. Antes de que vinieran las nieves, el fuerte estaba terminado. Había llegado la época de las pieles. Impusieron a la tribu un pesado tributo. Para obligar a los indios a satisfacerlo, redoblaron los golpes y los latigazos, tomaron a mujeres y niños como rehenes y les trataron con la crueldad de que sólo los ladrones de pieles son capaces. Habían sembrado sangre y llegó el momento de la cosecha. Ahora el fuerte había desaparecido. A la luz de las llamas la mitad de los ladrones de pieles fue pasada a cuchillo. La otra mitad murió como consecuencia de las torturas. Sólo quedaba Subienkow o, mejor dicho, sólo quedaban Subienkow y el Gran Iván, si es que aquella masa informe que gemía y gimoteaba sobre la nieve podía llamarse el Gran Iván. Subienkow sorprendió en el rostro de Yakaga una mueca dirigida a él. Con Yakaga allí no había posibilidad de salvación. Aún llevaba en el rostro la marca de su látigo. Después de todo no podía reprochárselo, pero lo estremecía pensar lo que aquel indio podía hacerle. Pensó en recurrir a Makamuk, el jefe de la tribu, pero su sentido común le dijo que sería inútil. Pensó también en romper sus ligaduras y morir peleando. Al menos así su fin sería más rápido. Pero no pudo desatarse. Las correas de caribú eran más fuertes que él. Siguió pensando y se le ocurrió una idea. Pidió ver a Makamuk y que trajeran un intérprete que conociera la lengua de la costa.
-¡Oh, Makamuk! -le dijo-. Yo no estoy destinado a morir. Soy un gran hombre y sería una locura que muriera. En verdad debo seguir viviendo. Yo no soy como esta carroña -miró el bulto gimiente que había sido el Gran Iván y lo rozó despectivamente con la punta de su mocasín-. Yo sé demasiado para morir. Mira que poseo una gran medicina. Yo sólo sé el secreto. Y como no voy a morir, cambiaré la medicina contigo.
-¿Qué medicina es esa? -preguntó Makamuk.
-Es una medicina muy extraña.
Subienkow fingió debatir consigo mismo unos momentos, como si íntimamente se resistiera a compartir su secreto.
-Te lo diré. Si aplicas un poco de esta medicina a tu piel, ésta se vuelve tan dura como la piedra, tan dura como el hierro, de modo que ni el arma más afilada puede cortarla. El filo más agudo, el golpe más fiero, resultan vanos contra ella. Esa medicina torna el cuchillo de hueso en un pedazo de barro y mella el filo de los cuchillos de acero que nosotros les hemos dado a conocer. ¿Qué me darás a cambio de mi secreto?
-Te daré la vida -respondió Makamuk a través del intérprete. Subienkow rió despectivamente-. Y serás esclavo en mi casa hasta tu muerte.
El polaco rió con desprecio aún mayor.
-Ordena que me desaten las manos y los pies y hablaremos -dijo.
El jefe de la tribu dio la señal. Cuando se vio libre, Subienkow lió un cigarro y lo encendió.
-Esto es absurdo -dijo Makamuk-. No existe tal medicina. No puede ser. Nada puede resistir al filo del cuchillo -Makamuk no lo creía... y, sin embargo, dudaba. Los ladrones de pieles habían llevado a cabo ante sus ojos demasiados milagros. No podía desoír sus palabras totalmente-. Te daré tu vida y no serás mi esclavo -anunció.
-Quiero más que eso -Subienkow se mostraba tan sereno como si regateara por una piel de zorro-. Es una medicina milagrosa. Me ha salvado la vida en muchas ocasiones. Quiero un trineo con perros, y que seis de tus cazadores viajen conmigo río abajo hasta que me encuentre a una jornada de distancia del fuerte Michaelovski.
-Tienes que quedarte entre nosotros y enseñarnos todas tus artes -fue la respuesta.
Subienkow se encogió de hombros y guardó silencio. Exhaló el humo de su cigarrillo en el aire helado y miró con curiosidad lo que quedaba del gran cosaco.
-Mira esa cicatriz -dijo Makamuk de pronto, señalando el cuello del polaco, donde un trazo lívido delataba la cuchillada recibida una vez en una escaramuza de Kamchatka-. Tu medicina no sirve de nada. El filo de hierro fue más fuerte que ella.
-El hombre que me hirió era muy fuerte -Subienkow meditó-. Más fuerte que tú, más fuerte que el más fuerte de tus cazadores, más fuerte que él.
De nuevo rozó con la punta del mocasín el cuerpo del cosaco. Había perdido el sentido, ofrecía un espectáculo estremecedor y, sin embargo, la vida seguía aferrada a su cuerpo torturado por el dolor, y se resistía a abandonarlo.
-Además, la medicina era débil. En ese lugar no crecían las bayas necesarias. En cambio, ustedes la tienen en abundancia. Mi medicina aquí será fuerte.
-Te dejaré ir río abajo -dijo Makamuk-, y te daré el trineo y los perros y los seis cazadores que has pedido para que te acompañen hasta que te halles a salvo.
-Tardaste en decidirte -fue la fría respuesta-. Has ofendido a mi medicina al no aceptar inmediatamente mis condiciones. Ahora pido más. Quiero cien pieles de castor -Makamuk hizo una mueca irónica-. Quiero también cien libras de pescado seco -Makamuk asintió porque el pescado allí era abundante y barato-. Quiero dos trineos, uno para mí y otro para transportar las pieles y el pescado. Y quiero que me devuelvas mi rifle. Si no aceptas en pocos minutos, el precio subirá más.
Yakaga susurró algo al oído del jefe.
-¿Cómo sabré que tu medicina obra el milagro que dices? -preguntó Makamuk.
-Eso será fácil. Primero iré al bosque...
Yakaga volvió a susurrar al oído de Makamuk, que negó con gesto de recelo.
-Manda a veinte cazadores conmigo -continuó Subienkow-. Tengo que recoger las bayas y las raíces con que fabricar la medicina. Cuando hayas traído a mi presencia los dos trineos y los hayan cargado con el pescado y las pieles de castor y el rifle, y cuando hayas seleccionado a los seis cazadores que han de acompañarme, cuando todo esté listo me frotaré el cuello con la medicina y pondré la cabeza sobre ese tronco. Entonces ordenarás al más fuerte de tus cazadores que aseste tres hachazos sobre mi cuello. Tú mismo puedes hacerlo, si así lo deseas.
Makamuk permaneció en pie con la boca entreabierta, empapándose en aquella última y más portentosa de las maravillas de los ladrones de pieles. -Pero primero -añadió apresuradamente el polaco-, entre hachazo y hachazo has de permitirme que me aplique la medicina. El hacha es fuerte y pesada y no puedo arriesgarme a cometer un error.
-Todo lo que has pedido será tuyo -dijo Makamuk, apresurándose a aceptar-. Comienza a preparar tu medicina.
Subienkow ocultó como pudo su alegría. Era aquella una partida desesperada y no podía permitirse el menor desliz. Habló con arrogancia.
-Has sido lento. Mi medicina se ha ofendido. Para enmendar la ofensa habrás de darme a tu hija.
Señaló a la muchacha, una criatura de expresión maligna, con una nube en un ojo y afilados dientes de lobo. Makamuk se enfureció, pero el polaco seguía imperturbable. Lió y encendió otro cigarro.
-Date prisa -le amenazó-. Si no te decides enseguida, pediré más.
En el silencio que siguió, la tenebrosa escena nórdica se esfumó ante sus ojos, y vio una vez más su tierra natal, y Francia, y en un momento que miraba a la muchacha de dientes de lobo recordó a otra muchacha, una bailarina y cantante que había conocido cuando, muy joven, había ido por primera vez a París.
-¿Para qué quieres a la muchacha? -le preguntó Makamuk.
-Para que me acompañe en mi viaje -Subienkow la estudió con ojo crítico-. Será una buena esposa y constituirá un honor digno de mi medicina emparentar con una mujer de tu sangre.
De nuevo recordó a la bailarina y tarareó en voz alta una canción que ella le había enseñado. Revivía su pasado, pero de un modo impersonal, lejano, mirando las imágenes de su juventud como si se trataran de fotografías impresas en el libro de la vida de otra persona. La voz del jefe rompió abruptamente el silencio sacándolo de su abstracción.
-Así se hará -dijo Makamuk-. La muchacha irá contigo. Pero quedamos de acuerdo en que seré yo quien descargue los tres hachazos sobre tu cuello.
-Pero recuerda que antes de cada uno de ellos habré de aplicarme la medicina -contestó Subienkow, poniendo una ligera nota de ansiedad en la pregunta.
-Te aplicarás la medicina antes de cada hachazo. Aquí están los cazadores que se encargarán de impedir tu huida. Ve al bosque y recoge lo que necesites para tu medicina.
La fingida rapacidad del polaco había convencido a Makamuk. Sólo la más maravillosa de las medicinas podía impulsar a un hombre amenazado de muerte a regatear como una anciana.
-Además -susurró Yakaga cuando el polaco hubo desaparecido entre los abetos, acompañado de su escolta-, cuando tengas el secreto de la medicina puedes matarle.
-¿Cómo podré matarle? -respondió Makamuk-. Su medicina me impedirá hacerlo.
Subienkow no perdió mucho tiempo mientras reunía los ingredientes para su pócima. Seleccionó todo lo que le vino a las manos: agujas de abeto, cortezas de sauce, un trozo de corteza de abedul y unas bayas que hizo extraer de la tierra a los cazadores después de limpiar el terreno de nieve. Recogió por último unas cuantas raíces heladas y regresó al campamento.
Makamuk y Yakaga lo observaban en cuclillas a sus espaldas, anotando mentalmente qué ingredientes añadía a la olla de agua hirviendo y en qué cantidades.
-Hay que tener cuidado de poner las bayas primero -explicó-. Me olvidaba. Falta una cosa. El dedo de un hombre. Déjame, Yakaga, que te corte un dedo.
Pero Yakaga ocultó la mano y frunció el ceño.
-Sólo el dedo índice -rogó Subienkow.
-Yakaga, dale el dedo -ordenó Makamuk.
-Ahí tiene todos los dedos que quiera -gruñó Yakaga, señalando el montón informe de cadáveres torturados que se apilaba sobre la nieve.
-Tiene que ser el dedo de un hombre vivo -objetó el polaco.
-Tendrás el dedo de un hombre vivo -Yakaga se acercó al cosaco y le cortó un dedo-. Aún no ha muerto -anunció, arrojando el trofeo sangriento a los pies del polaco-. Además es un buen dedo, porque es muy grande.
Subienkow lo arrojó directamente al fuego y comenzó a cantar. Era una canción de amor francesa la que, con gran solemnidad, cantaba a la poción.
-Sin esta fórmula, la medicina no valdría para nada -explicó-. Son estas palabras lo que le dan su fuerza. Mira, ya está lista.
-Di las palabras despacio, para que pueda aprenderlas -ordenó Makamuk.
-Te las diré después de la prueba. Cuando el hacha caiga tres veces sobre mi cuello te comunicaré la fórmula secreta.
-Pero, ¿y si la medicina no sirve? -preguntó ansioso Makamuk.
Subienkow se volvió hacia él enfurecido.
-Mi medicina siempre es buena. Y si no lo es, haz conmigo lo que hiciste con los otros. Despedázame como has hecho con él -dijo señalando al cosaco-. La medicina ya se ha enfriado. Me la aplicaré en el cuello con otra fórmula mágica.
Y mientras se frotaba el cuello con aquella mixtura entonó gravemente una estrofa de La Marsellesa.
Un alarido vino a interrumpir la comedia. El cosaco gigante, obedeciendo al último impulso de su vitalidad monstruosa, se había puesto de rodillas. Y cuando el Gran Iván, un momento después, comenzó a arrastrarse a espasmos sobre la nieve, los mulatos acogieron el hecho con carcajadas, gritos de sorpresa y aplausos.
Subienkow sintió náuseas ante aquel espectáculo, pero supo dominarse y fingir enojo.
-Así no se puede hacer nada -dijo-. Acaba con él y luego haremos la prueba. Tú, Yakaga, encárgate de que cesen esos ruidos.
Mientras Yakaga obedecía, Subienkow se volvió hacia Makamuk.
-Y recuérdalo, el hachazo tiene que ser muy fuerte. No se trata de un juego de niños. Dale un par de tajos a ese tronco, para que pueda ver que manejas el hacha como un hombre.
Makamuk obedeció y asestó al tronco dos hachazos precisos y vigorosos que arrancaron una gran astilla de madera.
-Muy bien -Subienkow miró en torno suyo al círculo de rostros salvajes que parecían simbolizar la muralla de brutalidad que lo había rodeado desde aquel día lejano en que la policía del zar lo había arrestado en Varsovia-. Toma tu hacha, Makamuk, y ponte de pie aquí. Yo me echaré sobre el tronco. Cuando levante la mano asesta el golpe. Hazlo con toda tu fuerza, y ten cuidado de que nadie se ponga detrás de ti. La medicina es buena y el hacha puede rebotar en mi cuello y saltar de tus manos.
Miró los dos trineos con los perros enganchados y cargados de pieles y pescado. Sobre las pieles de castor yacía su rifle, y junto a los trineos esperaban los seis cazadores que iban a constituir su guardia.
-¿Dónde está la muchacha? -preguntó el polaco-. Que la lleven junto a los trineos antes de que dé comienzo la prueba.
Cuando hubieron satisfecho su deseo, Subienkow se echó en la nieve y puso la cabeza sobre el tronco, como un niño fatigado que se dispone a dormir. Había vivido tantos años y tan terribles, que de verdad estaba cansado.
-Me río de ti y de tu fuerza, Makamuk -dijo-. Pega y pega fuerte.
Levantó la mano. Makamuk blandió el hacha, una segura de las que utilizaban los indios para cortar troncos. El acero hendió como un rayo el aire helado, se detuvo una fracción de segundo a la altura de su cabeza y descendió después sobre el cuello desnudo de Subienkow. Carne y hueso cortó la hoja limpiamente, abriendo después una profunda hendidura en el tronco. Los salvajes, asombrados, vieron caer la cabeza a un metro de distancia del tronco ensangrentado.
Se hizo un profundo silencio, durante el cual, poco a poco, se fue abriendo camino en las mentes de aquellos salvajes la idea de que no existía tal medicina. El ladrón de pieles los había engañado. De todos los prisioneros, sólo él había escapado de la tortura. En eso había consistido su jugada. De pronto se levantó una oleada de risotadas. Makamuk agachó la cabeza avergonzado. El ladrón de pieles lo había burlado. Lo había ridiculizado ante los ojos de todos. Mientras los salvajes continuaban riendo a carcajadas, Makamuk se volvió y se alejó con la cabeza agachada. Sabía que desde aquel día ya no sería Makamuk. Sería el burlado. La fama de su vergüenza lo seguiría hasta la muerte, y cuando las tribus se reunieran en primavera para la pesca del salmón, o en el verano para traficar, junto a las hogueras de los campamentos se referiría la historia de cómo el ladrón de pieles había muerto una muerte digna a manos del burlado. ¿Quién fue el burlado?, oía preguntar en su imaginación a un jovenzuelo insolente. El burlado, le responderían, fue aquél a quien llamaban Makamuk antes de que cortara la cabeza al ladrón de pieles.
por Jack London
Aquél era el final. Subienkow había recorrido un largo camino de amargura y horrores, guiado, como una paloma, por el instinto que lo llevaba hacia las capitales de Europa, y allí, en el punto más lejano, en la América rusa, el sendero acababa. Estaba sentado en la nieve con los brazos atados a la espalda, esperando la tortura. Miró con curiosidad al enorme cosaco que, tendido de bruces sobre la nieve, gemía de dolor frente a él. Los hombres habían acabado con el gigante y se lo habían entregado a las mujeres. Sus gritos atestiguaban que ellas habían excedido en crueldad a los varones.
Subienkow miró y se estremeció. No temía a la muerte. En el largo camino de Varsovia a Nulato había arriesgado la vida demasiadas veces para temerle ahora al simple hecho de morir. Lo que sí le asustaba era la tortura. Era una afrenta a su espíritu. Una afrenta, no por el dolor que tuviera que soportar, sino por el triste espectáculo que le haría ofrecer ese dolor. Sabía que rogaría, que suplicaría, que imploraría como lo habían hecho el Gran Iván y los que le habían precedido. Y eso le repugnaba. Con valor y serenidad, con una sonrisa y una chanza... así había que morir. Pero perder el control, dejar que el dolor de la carne afectara su espíritu, chillar y escandalizar como un simio, rebajarse a la categoría de bestia... eso era lo terrible.
No había tenido ocasión de escapar. Desde el primer momento, desde el día en que se había entregado al sueño apasionado de la independencia de Polonia, había sido un títere en manos del destino. Desde el primer momento... A través de Varsovia, de San Petersburgo, de las minas de Siberia, de Kamchatka, de los barcos alucinantes de los ladrones de pieles, el destino le había ido conduciendo hasta este terrible final. Indudablemente, en los cimientos del universo estaba escrito que acabaría así. Él, un hombre fino y sensible, con los nervios a flor de piel, un soñador, un poeta, un artista... Aun antes de que nadie imaginara su existencia se había sentenciado que aquel manojo estremecido de sensibilidad que había de ser su persona sería condenado a vivir en la brutalidad más cruda y vociferante y a morir en ese reino lejano de la noche, en ese lugar oscuro situado más allá del último confín.
Suspiró. Aquel bulto informe que tenía ante él era el Gran Iván, el gigante, el hombre sin nervios, el de temple de acero, el cosaco convertido en pirata de los mares, flemático como el buey y dotado de un sistema nervioso tan resistente que lo que el hombre común consideraba dolor era para él apenas un simple cosquilleo. Pues bien, nadie como esos indios nulatos para encontrar los nervios de Iván y seguirlos hasta la raíz de su espíritu estremecido. Indudablemente lo habían conseguido. Era inconcebible que un hombre pudiera sufrir tanto y, sin embargo, seguir viviendo. El Gran Iván estaba pagando caro el temple de sus nervios. Ya había durado más del doble que cualquiera de los otros.
Subienkow se dio cuenta de que no podía aguantar por más tiempo el sufrimiento del cosaco. ¿Por qué no moría ya? Si no dejaba de oír sus gritos, pronto se volvería loco. Pero cuando éstos cesaran, le llegaría el turno a él. Y para colmo, allí estaba Yakaga, sonriéndole de antemano con una mueca brutal... Yakaga, el hombre a quien sólo la semana anterior había arrojado del fuerte cruzándole la cara con el látigo que utilizaba para los perros. Yakaga se encargaría con gusto de él. Seguro que le reservaba torturas más refinadas, más exquisitas que las que destinaban a los otros.
¡Ay! Del grito de Iván dedujo que aquél había sido un buen golpe. Las indias que se cernían sobre el cosaco retrocedieron un paso entre palmas y carcajadas. Subienkow vio entonces la acción monstruosa que habían perpetrado y comenzó a reír histéricamente. Las mujeres le miraron asombradas. Pero Subienkow no podía dejar de reír.
Así no llegaría a ninguna parte. Se dominó, y poco a poco sus sacudidas espasmódicas se fueron calmando. Se esforzó por pensar en otras cosas y comenzó a leer en su pasado. Recordó a su padre y a su madre y al pony de pintas que le habían regalado, y al profesor de francés que le había enseñado a bailar y le había prestado a hurtadillas un libro de Voltaire, viejo y manoseado. Una vez más vio a París, y el Londres melancólico, y la alegre Viena, y Roma. Y una vez más vio a aquel grupo bravío de jóvenes que, como él, habían soñado con una Polonia independiente y con instaurar a un rey polaco en el trono de Varsovia. Allí había comenzado el largo camino. Al menos él era el que más había durado. Uno por uno, comenzando por los dos que habían ejecutado en San Petersburgo, había visto caer a todos aquellos valientes: uno aquí a manos de un carcelero, otro allá en el camino sangriento de exilio que habían recorrido durante meses sin fin, otro más vencido por los golpes y malos tratos de los guardas cosacos. Siempre el mismo salvajismo; un salvajismo brutal, bestial... Habían muerto de fiebres, en las minas, bajo el azote del látigo. Los dos últimos habían sucumbido en la huida, en la batalla con los cosacos. Sólo él había logrado llegar a Kamchatka con los documentos y el dinero robados a un viajero que había dejado agonizando sobre la nieve.
No había visto sino brutalidad. Todos aquellos años, mientras tenía el pensamiento puesto en salones, en teatros y en cortes, la brutalidad lo había asediado. Había comprado su vida con sangre. Todos se habían manchado las manos. Él mismo había asesinado a aquel viajero para poder robarle el pasaporte. Había tenido que probar su valor manteniendo sendos duelos con dos oficiales rusos en un mismo día. Había tenido que demostrar su valentía para ganarse un puesto entre los ladrones de pieles. Tras él quedaba el interminable camino que atravesaba toda Siberia y toda Rusia. No podía volver atrás; por allí no había escape posible. No le quedaba más opción que seguir adelante, atravesar el mar de Bering, oscuro y helado, para llegar a Alaska. El camino lo había llevado del puro y simple salvajismo a un salvajismo aún más refinado. En los barcos de ladrones de pieles, castigados por el escorbuto, sin comida ni agua, asediados por las inacabables tormentas de aquel mar tormentoso, los hombres se convertían en animales. Tres veces había salido de Kamchatka en dirección al Este. Y otras tantas, después de pasar toda clase de sufrimientos y penalidades, los sobrevivientes habían vuelto a Kamchatka. No había posibilidad de huir y no podía volver al punto de partida, donde las minas y el látigo aguardaban. De nuevo, por cuarta y última vez, había zarpado hacia el Este. Había partido con los que descubrieron las fabulosas islas de las Focas, pero no había regresado con ellos para participar en el reparto de pieles ni en las bulliciosas orgías de Kamchatka. Había jurado no volver atrás. Sabía que si quería llegar a sus queridas capitales de Europa tenía que seguir siempre adelante. Y por eso había subido a bordo de otro barco y había permanecido en las oscuras tierras del Nuevo Continente. Sus compañeros de tripulación eran cazadores eslavos, aventureros rusos y aborígenes mongoles, tártaros y siberianos. Juntos habían abierto un camino de sangre entre los salvajes de aquel mundo nuevo. Habían exterminado aldeas enteras y se habían negado a pagar los tributos de pieles, pero a su vez habían sido víctimas de las matanzas a que los sometían otras tripulaciones. Él y un tal Finn habían sido los únicos supervivientes de la suya. Habían pasado un invierno de soledad y de hambre en una isla desierta del archipiélago de las Aleutianas y al fin, en primavera, la posibilidad entre mil de que los rescatara otro navío se había realizado.
Pero el salvajismo más terrible los seguía asediando. De barco en barco, siempre negándose a volver, había ido a parar a un navío que se dirigía a explorar las tierras del Sur. A todo lo largo de la costa de Alaska no habían encontrado sino hordas de salvajes. Cada anclaje que efectuaban entre las islas abruptas o bajo los acantilados amenazadores de la tierra firme había significado una batalla o una tormenta. O soplaban vientos que amenazaban con destruirlos o llegaban las canoas cargadas de nativos vociferantes con rostros cubiertos de pinturas de guerra que venían a aprender qué virtudes sangrientas poseía la pólvora de aquellos señores del mar. Siempre navegando rumbo al Sur, habían bordeado la costa hasta llegar a las míticas tierras de California. Se decía que grupos de aventureros españoles habían logrado abrirse camino hasta allí partiendo de México. En esos aventureros españoles había puesto su esperanza. Si hubiera logrado encontrarse con ellos, el resto habría sido fácil (un año o dos más, ¿qué importaba?). Habría llegado a México; luego un barco, y Europa habría sido suya. Pero no había dado con los españoles. Sólo había tropezado con la eterna muralla inexpugnable de salvajismo. Los habitantes de los confines del mundo, cubiertos sus rostros de pinturas de guerra, les habían obligado a replegarse una y otra vez. Al fin, un día en que éstos lograron apoderarse de uno de sus barcos y exterminar a toda la tripulación, el que tenía el mando de la flota decidió abandonar la empresa y regresar al Norte.
Pasaron los años. Estuvo a las órdenes de Tebenkoff cuando se construyó el fuerte de Michaelovski. Pasó dos años en la región del Kuskokwim. Dos veranos, en junio logró llegar al extremo del estrecho de Kotzebue. Allí era donde las tribus se reunían a traficar, donde se encontraban pieles moteadas de venado siberiano, marfil de las Diomedes, pieles de morsa de las costas del Ártico, extraños candiles de piedra que pasaban de tribu en tribu y cuyo origen nadie conocía, y hasta un cuchillo de caza fabricado en Inglaterra. Aquél, Subienkow lo sabía, era el mejor lugar para aprender geografía. Porque halló allí esquimales del estrecho de Norton, de las islas del Rey y de la isla de San Lorenzo, del cabo Príncipe de Gales y de Punta Barrow. Allí aquellos lugares tenían otros nombres y las distancias se medían en jornadas.
Era una región vasta la de procedencia de aquellos salvajes, y más vasta todavía era la región desde donde habían llegado hasta ellos, por caminos interminables, los candiles de piedra y el cuchillo de acero. Subienkow amenazaba, halagaba y sobornaba. Todos los viajeros y los nativos de alguna extraña tribu eran llevados a su presencia. Allí se mencionaban peligros sin cuento, animales salvajes, tribus hostiles, bosques impenetrables y majestuosas cadenas montañosas; y siempre, de lugares aún más lejanos, llegaban rumores de la existencia de hombres de piel blanca, ojos azules y cabellos rubios que peleaban como diablos y que buscaban pieles. Hacia el Este decían que se hallaban; muy lejos, siempre hacia el Este. Nadie los había visto. Era un rumor que corría de boca en boca.
Fue aquél un duro aprendizaje. Se adquirían conocimientos de geografía a través de extraños dialectos, a través de mentes oscuras que mezclaban la realidad con la fábula y que medían las distancias en jornadas, que variaban según la dificultad del camino. Pero al fin llegó un rumor que le hizo concebir esperanzas. Al Este había un gran río donde se hallaban los hombres de ojos azules. El río se llamaba Yukón. Al sur del fuerte Michaelovski desembocaba otro gran río que los rusos conocían con el nombre de Kwikpak. Los dos eran el mismo, decía el rumor.
Subienkow volvió a Michaelovski. Durante un año trató de organizar una expedición al Kwikpak. Al fin convenció a Malakoff, el mestizo ruso, de que se pusiera al frente de una mixtura infernal, la horda más salvaje y feroz de aventureros mestizos que jamás hubiera salido de Kamchatka. Subienkow iba de lugarteniente. Recorrieron los laberintos del delta del Kwikpak, atravesaron las colinas de la ribera norte del río y en canoas de piel cargadas hasta la borda de mercancías para traficar y de munición lucharon a lo largo de quinientas millas contra las corrientes de cinco nudos de aquel río de una anchura que oscilaba entre dos y diez millas y de muchas brazas de profundidad. Malakoff decidió construir un fuerte en Nulato. Subienkow le instó a seguir adelante, pero pronto se reconcilió con la idea. El largo invierno se echaba encima. Sería mejor esperar. A comienzos del verano siguiente, cuando se derritieran los hielos, remontarían el Kwikpak y se abrirían paso hasta las factorías de la Compañía de la Bahía de Hudson. Malakoff no había oído el rumor de que el Kwikpak era el Yukón, y Subienkow no se lo dijo.
Y comenzaron a construir el fuerte. Lo hicieron sobre la base de trabajos forzados. Las murallas formadas por hileras de troncos se elevaron entre suspiros y quejas de los indios mulatos. El látigo restalló sobre sus espaldas, y era la mano de hierro de los bucaneros del mar la que sostenía el látigo. Algunos indios huían. Cuando lograban capturarlos, los traían hasta el fuerte, los obligaban a tenderse de bruces ante la puerta y allí demostraban a la tribu la eficacia del látigo. Dos murieron bajo los azotes; muchos quedaron mutilados de por vida, y el resto aprendió la lección y no volvió a intentar la huida. Antes de que vinieran las nieves, el fuerte estaba terminado. Había llegado la época de las pieles. Impusieron a la tribu un pesado tributo. Para obligar a los indios a satisfacerlo, redoblaron los golpes y los latigazos, tomaron a mujeres y niños como rehenes y les trataron con la crueldad de que sólo los ladrones de pieles son capaces. Habían sembrado sangre y llegó el momento de la cosecha. Ahora el fuerte había desaparecido. A la luz de las llamas la mitad de los ladrones de pieles fue pasada a cuchillo. La otra mitad murió como consecuencia de las torturas. Sólo quedaba Subienkow o, mejor dicho, sólo quedaban Subienkow y el Gran Iván, si es que aquella masa informe que gemía y gimoteaba sobre la nieve podía llamarse el Gran Iván. Subienkow sorprendió en el rostro de Yakaga una mueca dirigida a él. Con Yakaga allí no había posibilidad de salvación. Aún llevaba en el rostro la marca de su látigo. Después de todo no podía reprochárselo, pero lo estremecía pensar lo que aquel indio podía hacerle. Pensó en recurrir a Makamuk, el jefe de la tribu, pero su sentido común le dijo que sería inútil. Pensó también en romper sus ligaduras y morir peleando. Al menos así su fin sería más rápido. Pero no pudo desatarse. Las correas de caribú eran más fuertes que él. Siguió pensando y se le ocurrió una idea. Pidió ver a Makamuk y que trajeran un intérprete que conociera la lengua de la costa.
-¡Oh, Makamuk! -le dijo-. Yo no estoy destinado a morir. Soy un gran hombre y sería una locura que muriera. En verdad debo seguir viviendo. Yo no soy como esta carroña -miró el bulto gimiente que había sido el Gran Iván y lo rozó despectivamente con la punta de su mocasín-. Yo sé demasiado para morir. Mira que poseo una gran medicina. Yo sólo sé el secreto. Y como no voy a morir, cambiaré la medicina contigo.
-¿Qué medicina es esa? -preguntó Makamuk.
-Es una medicina muy extraña.
Subienkow fingió debatir consigo mismo unos momentos, como si íntimamente se resistiera a compartir su secreto.
-Te lo diré. Si aplicas un poco de esta medicina a tu piel, ésta se vuelve tan dura como la piedra, tan dura como el hierro, de modo que ni el arma más afilada puede cortarla. El filo más agudo, el golpe más fiero, resultan vanos contra ella. Esa medicina torna el cuchillo de hueso en un pedazo de barro y mella el filo de los cuchillos de acero que nosotros les hemos dado a conocer. ¿Qué me darás a cambio de mi secreto?
-Te daré la vida -respondió Makamuk a través del intérprete. Subienkow rió despectivamente-. Y serás esclavo en mi casa hasta tu muerte.
El polaco rió con desprecio aún mayor.
-Ordena que me desaten las manos y los pies y hablaremos -dijo.
El jefe de la tribu dio la señal. Cuando se vio libre, Subienkow lió un cigarro y lo encendió.
-Esto es absurdo -dijo Makamuk-. No existe tal medicina. No puede ser. Nada puede resistir al filo del cuchillo -Makamuk no lo creía... y, sin embargo, dudaba. Los ladrones de pieles habían llevado a cabo ante sus ojos demasiados milagros. No podía desoír sus palabras totalmente-. Te daré tu vida y no serás mi esclavo -anunció.
-Quiero más que eso -Subienkow se mostraba tan sereno como si regateara por una piel de zorro-. Es una medicina milagrosa. Me ha salvado la vida en muchas ocasiones. Quiero un trineo con perros, y que seis de tus cazadores viajen conmigo río abajo hasta que me encuentre a una jornada de distancia del fuerte Michaelovski.
-Tienes que quedarte entre nosotros y enseñarnos todas tus artes -fue la respuesta.
Subienkow se encogió de hombros y guardó silencio. Exhaló el humo de su cigarrillo en el aire helado y miró con curiosidad lo que quedaba del gran cosaco.
-Mira esa cicatriz -dijo Makamuk de pronto, señalando el cuello del polaco, donde un trazo lívido delataba la cuchillada recibida una vez en una escaramuza de Kamchatka-. Tu medicina no sirve de nada. El filo de hierro fue más fuerte que ella.
-El hombre que me hirió era muy fuerte -Subienkow meditó-. Más fuerte que tú, más fuerte que el más fuerte de tus cazadores, más fuerte que él.
De nuevo rozó con la punta del mocasín el cuerpo del cosaco. Había perdido el sentido, ofrecía un espectáculo estremecedor y, sin embargo, la vida seguía aferrada a su cuerpo torturado por el dolor, y se resistía a abandonarlo.
-Además, la medicina era débil. En ese lugar no crecían las bayas necesarias. En cambio, ustedes la tienen en abundancia. Mi medicina aquí será fuerte.
-Te dejaré ir río abajo -dijo Makamuk-, y te daré el trineo y los perros y los seis cazadores que has pedido para que te acompañen hasta que te halles a salvo.
-Tardaste en decidirte -fue la fría respuesta-. Has ofendido a mi medicina al no aceptar inmediatamente mis condiciones. Ahora pido más. Quiero cien pieles de castor -Makamuk hizo una mueca irónica-. Quiero también cien libras de pescado seco -Makamuk asintió porque el pescado allí era abundante y barato-. Quiero dos trineos, uno para mí y otro para transportar las pieles y el pescado. Y quiero que me devuelvas mi rifle. Si no aceptas en pocos minutos, el precio subirá más.
Yakaga susurró algo al oído del jefe.
-¿Cómo sabré que tu medicina obra el milagro que dices? -preguntó Makamuk.
-Eso será fácil. Primero iré al bosque...
Yakaga volvió a susurrar al oído de Makamuk, que negó con gesto de recelo.
-Manda a veinte cazadores conmigo -continuó Subienkow-. Tengo que recoger las bayas y las raíces con que fabricar la medicina. Cuando hayas traído a mi presencia los dos trineos y los hayan cargado con el pescado y las pieles de castor y el rifle, y cuando hayas seleccionado a los seis cazadores que han de acompañarme, cuando todo esté listo me frotaré el cuello con la medicina y pondré la cabeza sobre ese tronco. Entonces ordenarás al más fuerte de tus cazadores que aseste tres hachazos sobre mi cuello. Tú mismo puedes hacerlo, si así lo deseas.
Makamuk permaneció en pie con la boca entreabierta, empapándose en aquella última y más portentosa de las maravillas de los ladrones de pieles. -Pero primero -añadió apresuradamente el polaco-, entre hachazo y hachazo has de permitirme que me aplique la medicina. El hacha es fuerte y pesada y no puedo arriesgarme a cometer un error.
-Todo lo que has pedido será tuyo -dijo Makamuk, apresurándose a aceptar-. Comienza a preparar tu medicina.
Subienkow ocultó como pudo su alegría. Era aquella una partida desesperada y no podía permitirse el menor desliz. Habló con arrogancia.
-Has sido lento. Mi medicina se ha ofendido. Para enmendar la ofensa habrás de darme a tu hija.
Señaló a la muchacha, una criatura de expresión maligna, con una nube en un ojo y afilados dientes de lobo. Makamuk se enfureció, pero el polaco seguía imperturbable. Lió y encendió otro cigarro.
-Date prisa -le amenazó-. Si no te decides enseguida, pediré más.
En el silencio que siguió, la tenebrosa escena nórdica se esfumó ante sus ojos, y vio una vez más su tierra natal, y Francia, y en un momento que miraba a la muchacha de dientes de lobo recordó a otra muchacha, una bailarina y cantante que había conocido cuando, muy joven, había ido por primera vez a París.
-¿Para qué quieres a la muchacha? -le preguntó Makamuk.
-Para que me acompañe en mi viaje -Subienkow la estudió con ojo crítico-. Será una buena esposa y constituirá un honor digno de mi medicina emparentar con una mujer de tu sangre.
De nuevo recordó a la bailarina y tarareó en voz alta una canción que ella le había enseñado. Revivía su pasado, pero de un modo impersonal, lejano, mirando las imágenes de su juventud como si se trataran de fotografías impresas en el libro de la vida de otra persona. La voz del jefe rompió abruptamente el silencio sacándolo de su abstracción.
-Así se hará -dijo Makamuk-. La muchacha irá contigo. Pero quedamos de acuerdo en que seré yo quien descargue los tres hachazos sobre tu cuello.
-Pero recuerda que antes de cada uno de ellos habré de aplicarme la medicina -contestó Subienkow, poniendo una ligera nota de ansiedad en la pregunta.
-Te aplicarás la medicina antes de cada hachazo. Aquí están los cazadores que se encargarán de impedir tu huida. Ve al bosque y recoge lo que necesites para tu medicina.
La fingida rapacidad del polaco había convencido a Makamuk. Sólo la más maravillosa de las medicinas podía impulsar a un hombre amenazado de muerte a regatear como una anciana.
-Además -susurró Yakaga cuando el polaco hubo desaparecido entre los abetos, acompañado de su escolta-, cuando tengas el secreto de la medicina puedes matarle.
-¿Cómo podré matarle? -respondió Makamuk-. Su medicina me impedirá hacerlo.
Subienkow no perdió mucho tiempo mientras reunía los ingredientes para su pócima. Seleccionó todo lo que le vino a las manos: agujas de abeto, cortezas de sauce, un trozo de corteza de abedul y unas bayas que hizo extraer de la tierra a los cazadores después de limpiar el terreno de nieve. Recogió por último unas cuantas raíces heladas y regresó al campamento.
Makamuk y Yakaga lo observaban en cuclillas a sus espaldas, anotando mentalmente qué ingredientes añadía a la olla de agua hirviendo y en qué cantidades.
-Hay que tener cuidado de poner las bayas primero -explicó-. Me olvidaba. Falta una cosa. El dedo de un hombre. Déjame, Yakaga, que te corte un dedo.
Pero Yakaga ocultó la mano y frunció el ceño.
-Sólo el dedo índice -rogó Subienkow.
-Yakaga, dale el dedo -ordenó Makamuk.
-Ahí tiene todos los dedos que quiera -gruñó Yakaga, señalando el montón informe de cadáveres torturados que se apilaba sobre la nieve.
-Tiene que ser el dedo de un hombre vivo -objetó el polaco.
-Tendrás el dedo de un hombre vivo -Yakaga se acercó al cosaco y le cortó un dedo-. Aún no ha muerto -anunció, arrojando el trofeo sangriento a los pies del polaco-. Además es un buen dedo, porque es muy grande.
Subienkow lo arrojó directamente al fuego y comenzó a cantar. Era una canción de amor francesa la que, con gran solemnidad, cantaba a la poción.
-Sin esta fórmula, la medicina no valdría para nada -explicó-. Son estas palabras lo que le dan su fuerza. Mira, ya está lista.
-Di las palabras despacio, para que pueda aprenderlas -ordenó Makamuk.
-Te las diré después de la prueba. Cuando el hacha caiga tres veces sobre mi cuello te comunicaré la fórmula secreta.
-Pero, ¿y si la medicina no sirve? -preguntó ansioso Makamuk.
Subienkow se volvió hacia él enfurecido.
-Mi medicina siempre es buena. Y si no lo es, haz conmigo lo que hiciste con los otros. Despedázame como has hecho con él -dijo señalando al cosaco-. La medicina ya se ha enfriado. Me la aplicaré en el cuello con otra fórmula mágica.
Y mientras se frotaba el cuello con aquella mixtura entonó gravemente una estrofa de La Marsellesa.
Un alarido vino a interrumpir la comedia. El cosaco gigante, obedeciendo al último impulso de su vitalidad monstruosa, se había puesto de rodillas. Y cuando el Gran Iván, un momento después, comenzó a arrastrarse a espasmos sobre la nieve, los mulatos acogieron el hecho con carcajadas, gritos de sorpresa y aplausos.
Subienkow sintió náuseas ante aquel espectáculo, pero supo dominarse y fingir enojo.
-Así no se puede hacer nada -dijo-. Acaba con él y luego haremos la prueba. Tú, Yakaga, encárgate de que cesen esos ruidos.
Mientras Yakaga obedecía, Subienkow se volvió hacia Makamuk.
-Y recuérdalo, el hachazo tiene que ser muy fuerte. No se trata de un juego de niños. Dale un par de tajos a ese tronco, para que pueda ver que manejas el hacha como un hombre.
Makamuk obedeció y asestó al tronco dos hachazos precisos y vigorosos que arrancaron una gran astilla de madera.
-Muy bien -Subienkow miró en torno suyo al círculo de rostros salvajes que parecían simbolizar la muralla de brutalidad que lo había rodeado desde aquel día lejano en que la policía del zar lo había arrestado en Varsovia-. Toma tu hacha, Makamuk, y ponte de pie aquí. Yo me echaré sobre el tronco. Cuando levante la mano asesta el golpe. Hazlo con toda tu fuerza, y ten cuidado de que nadie se ponga detrás de ti. La medicina es buena y el hacha puede rebotar en mi cuello y saltar de tus manos.
Miró los dos trineos con los perros enganchados y cargados de pieles y pescado. Sobre las pieles de castor yacía su rifle, y junto a los trineos esperaban los seis cazadores que iban a constituir su guardia.
-¿Dónde está la muchacha? -preguntó el polaco-. Que la lleven junto a los trineos antes de que dé comienzo la prueba.
Cuando hubieron satisfecho su deseo, Subienkow se echó en la nieve y puso la cabeza sobre el tronco, como un niño fatigado que se dispone a dormir. Había vivido tantos años y tan terribles, que de verdad estaba cansado.
-Me río de ti y de tu fuerza, Makamuk -dijo-. Pega y pega fuerte.
Levantó la mano. Makamuk blandió el hacha, una segura de las que utilizaban los indios para cortar troncos. El acero hendió como un rayo el aire helado, se detuvo una fracción de segundo a la altura de su cabeza y descendió después sobre el cuello desnudo de Subienkow. Carne y hueso cortó la hoja limpiamente, abriendo después una profunda hendidura en el tronco. Los salvajes, asombrados, vieron caer la cabeza a un metro de distancia del tronco ensangrentado.
Se hizo un profundo silencio, durante el cual, poco a poco, se fue abriendo camino en las mentes de aquellos salvajes la idea de que no existía tal medicina. El ladrón de pieles los había engañado. De todos los prisioneros, sólo él había escapado de la tortura. En eso había consistido su jugada. De pronto se levantó una oleada de risotadas. Makamuk agachó la cabeza avergonzado. El ladrón de pieles lo había burlado. Lo había ridiculizado ante los ojos de todos. Mientras los salvajes continuaban riendo a carcajadas, Makamuk se volvió y se alejó con la cabeza agachada. Sabía que desde aquel día ya no sería Makamuk. Sería el burlado. La fama de su vergüenza lo seguiría hasta la muerte, y cuando las tribus se reunieran en primavera para la pesca del salmón, o en el verano para traficar, junto a las hogueras de los campamentos se referiría la historia de cómo el ladrón de pieles había muerto una muerte digna a manos del burlado. ¿Quién fue el burlado?, oía preguntar en su imaginación a un jovenzuelo insolente. El burlado, le responderían, fue aquél a quien llamaban Makamuk antes de que cortara la cabeza al ladrón de pieles.
Monday, March 21, 2005
de poetas falicos y sobre los orificios
(De “La divertidísima canción del Diantre”)
1
El cuerpo tiene un órgano metafórico
es el lugar de todas las transmutaciones
es el lugar poético por excelencia, el ano
en es sentido que es el lugar
donde el niño y la niña
se encuentran todavía, subrayando todavía
sin el corte, sin la diferencia de los sexos.
El lugar metafórico, el ano,
mierda, niño, regalo, pene
todo es intercambio.
Una gran mujer, mujer de Nietzsche,
mujer de Rilke, casi
mujer de Freud: Lou Andrea Salomé,
habló de la vagina como
eternamente
arrendada al ano.
Osvaldo Lamborghini
(Extraído de STEGMANN 533bla´ y otros poemas, Mate, Bs. As.,
1997)
1
El cuerpo tiene un órgano metafórico
es el lugar de todas las transmutaciones
es el lugar poético por excelencia, el ano
en es sentido que es el lugar
donde el niño y la niña
se encuentran todavía, subrayando todavía
sin el corte, sin la diferencia de los sexos.
El lugar metafórico, el ano,
mierda, niño, regalo, pene
todo es intercambio.
Una gran mujer, mujer de Nietzsche,
mujer de Rilke, casi
mujer de Freud: Lou Andrea Salomé,
habló de la vagina como
eternamente
arrendada al ano.
Osvaldo Lamborghini
(Extraído de STEGMANN 533bla´ y otros poemas, Mate, Bs. As.,
1997)
Saturday, March 12, 2005
selva reducida
Este mensaje pasará sin más para muchos, pero si no lo intentamos, un
desastre no podrá evitarse. Nos concierne a todos.
El congreso de Brasil vota un proyecto que reducirá la Selva Amazónica a 50
% de su tamaño.
Esta petición les tomará 3 MINUTOS, please, inscriban sus nombres abajo en
la lista. El sector que se quiere deforestar representa cuatro veces el
tamaño de Portugal y será usado para agricultura principalmente.
Toda la madera deberá ser vendida a los mercados internacionales por grandes
firmas multinacionales.
El hecho es que el suelo de la Amazonia se inutiliza sin su selva, es muy
árido y la región es afectada frecuentemente por indundaciones. Hasta ahora,
más de 160 000 km2, deforestados con el mismo propósito, han sido
abandonados y se convierten paulatinamente en desiertos.
La deforestación y el tratamiento de la madera a esta escala liberan en la
atmósfera cantidades enormes de carbono, acentuando con ello el efecto
invernadero y los cambios climáticos.
No podemos dejar que esto pase.
desastre no podrá evitarse. Nos concierne a todos.
El congreso de Brasil vota un proyecto que reducirá la Selva Amazónica a 50
% de su tamaño.
Esta petición les tomará 3 MINUTOS, please, inscriban sus nombres abajo en
la lista. El sector que se quiere deforestar representa cuatro veces el
tamaño de Portugal y será usado para agricultura principalmente.
Toda la madera deberá ser vendida a los mercados internacionales por grandes
firmas multinacionales.
El hecho es que el suelo de la Amazonia se inutiliza sin su selva, es muy
árido y la región es afectada frecuentemente por indundaciones. Hasta ahora,
más de 160 000 km2, deforestados con el mismo propósito, han sido
abandonados y se convierten paulatinamente en desiertos.
La deforestación y el tratamiento de la madera a esta escala liberan en la
atmósfera cantidades enormes de carbono, acentuando con ello el efecto
invernadero y los cambios climáticos.
No podemos dejar que esto pase.
Wednesday, February 09, 2005
Gertrude Stein
Stanza XXXVIII
Lo cual quiero decir es esto
No hay principio de un fin
Pero hay un principio y un fin
De principio.
Pues sí por supuesto.
Cualquiera puede advertir que norte por supuesto
Es no sólo norte pero norte como norte
Por qué se preocupaban.
Lo que quiero decir es esto.
Sí por supuesto.
Lo cual quiero decir es esto
No hay principio de un fin
Pero hay un principio y un fin
De principio.
Pues sí por supuesto.
Cualquiera puede advertir que norte por supuesto
Es no sólo norte pero norte como norte
Por qué se preocupaban.
Lo que quiero decir es esto.
Sí por supuesto.
Saturday, December 04, 2004
la casa esta en orden
Hace unas horas estuve en una casa tomada. Una larga escalera, con telarañas —y araña incluÃda— colgando del techo. Un enorme salón, que podrÃa ser considerado casi un loft, si no fuera porque hay una puerta que separa el baño de las miradas indiscretas. Las paredes peladas, apenas con una cartelera donde pasan el tiempo algunas fotos clavadas con chinches. Hay cables de luz que florecen en distintos lugares del techo —visión que, sumada a las tres lámparas de pie y diseño moderno y las dos velas del mini-bar, resulta agradable a mis ojos. Otro tanto sucede con los dos tubos de luz negra que dotan a la estancia de un aspecto rayano en lo psicodélico. Si no fuera por un amplio ventanal al fondo, por el que se filtra la luz de la luna que no filtran las nubes del cielo, allá afuera. Hay mesas armadas con una tabla y caballetes. Hay cajones de gaseosa y cerveza convertidos en asientos. Hay almohadones y colchones. Hay un centro musical y un ordenador con la pantalla irradiando fluÃdo eléctrico mientras los parlantes escupen tango.
Hay un felino de sexo indeterminado, siamés, de no más de tres o cuatro meses. Ojos azulÃsimos. Es del vecino de arriba y siempre baja, me dicen. Es manso y tranquilo. Se deja acariciar y ronronea de placer.
Hay gente. Mucha gente, que va llegando como en oleadas. Hay gente joven, relativamente joven y no tanto. Se saludan, hablan, beben vino en vasitos de plástico y Bob Esponja corona sus cabezas desde el consabido gorrito de cumpleaños. Hay papas fritas, palitos salados y manÃes. Hay tartas, hay ricotta y hay aceitunas verdes. Llegan pizzas, más botellas y una escritora. Florencia Abbate, a lo mejor la conocés. SÃ, ésa de los ojos verdes. La veo llegar en formato carne y huesos. El formato Ñ hace las veces de almohadón para una de las invitadas. Le doy a esa invitada mi almohadón a cambio de la revista vuelta a su función original, y la tapa corrobora mi asociación. Curiosa sensación, reconocer a alguien que conocés por una nota, nada más verlo entrar. A lo mejor eso indica buena memoria visual.
Hay un felino de sexo indeterminado, siamés, de no más de tres o cuatro meses. Ojos azulÃsimos. Es del vecino de arriba y siempre baja, me dicen. Es manso y tranquilo. Se deja acariciar y ronronea de placer.
Hay gente. Mucha gente, que va llegando como en oleadas. Hay gente joven, relativamente joven y no tanto. Se saludan, hablan, beben vino en vasitos de plástico y Bob Esponja corona sus cabezas desde el consabido gorrito de cumpleaños. Hay papas fritas, palitos salados y manÃes. Hay tartas, hay ricotta y hay aceitunas verdes. Llegan pizzas, más botellas y una escritora. Florencia Abbate, a lo mejor la conocés. SÃ, ésa de los ojos verdes. La veo llegar en formato carne y huesos. El formato Ñ hace las veces de almohadón para una de las invitadas. Le doy a esa invitada mi almohadón a cambio de la revista vuelta a su función original, y la tapa corrobora mi asociación. Curiosa sensación, reconocer a alguien que conocés por una nota, nada más verlo entrar. A lo mejor eso indica buena memoria visual.
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